CAPÍTULO 1. Una bestia controlada.
Athena forzó una sonrisa confiada mientras dejaba a su hermana Iris frente a la universidad.
—¿Me llamas cuando salgas del hospital? —preguntó Iris en voz baja.
—Sí, prometido. Así que vete a clase, ya vas tarde. Papá se va a deprimir si le dices que no serás una gran periodista.
Athena la siguió con los ojos mientras entraba, y luego encendió el motor, tomando la avenida rumbo al hospital. Pero no había avanzado ni dos semáforos cuando de la nada salió un coche a toda velocidad por su costado, un sedán enorme que la hizo pisar el freno con todas sus fuerzas y derrapar. El auto chilló, se desvió, y el mundo se sacudió mientras su pecho golpeaba contra el cinturón. La respiración se le cortó y por un instante creyó que todo se había acabado.
La puerta del otro coche se abrió de golpe, y de él bajó un hombre corpulento, rojo de furia, con la camisa mal ajustada y una vena reventando en la frente.
—¡Estás loca o qué, imbécil! —gritó señalándola—. ¡Casi me chocas! ¡La luz estaba en verde! ¡Aprende a manejar!
Athena tragó saliva y abrió la puerta para bajar del auto.
—Señor, la luz estaba roja para usted —intentó decirle pero estaba demasiado asustada como para reaccionar. Si ese auto la hubiera impactado ella estaría… estaría…
—¡Eres una inútil! —escupió él—. ¡Saliste sin mirar! ¡Mujer tenías que ser!
Athena retrocedió un paso, pero él avanzó dos. Era demasiado grande, estaba demasiado cerca, y ella solía ser de naturaleza asustadiza, pero con todo lo que estaba pasando en su vida llevaba los nervios disparados.
—Por favor, cálmese. Yo venía… algo distraída, pero tenía la preferencia…
—¡CÁLLATE! —gritó el hombre con tono violento—. ¿Necesitas que un hombre te enseñe a manejar?
Athena se crispó en un solo segundo, pero aquella mano se quedó suspendida en el aire cuando otra más grande y firme se cerró alrededor del cuello del tipo, levantándolo con una fuerza capaz de helar la sangre.
—Creo que ya dijiste suficiente —murmuró una voz ronca y profunda.
Y Athena levantó la mirada justo a tiempo para ver cómo el supuesto depredador se convertía en la presa, porque el lobo malo que estaba a punto de morderlo tenía dientes más grandes.
Otro hombre se había bajado del auto que venía detrás del suyo. Era alto, con un porte tan elegante como amenazador. Su traje oscuro contrastaba con sus ojos fríos, casi metálicos, que observaban al otro conductor con un desapego escalofriante.
—Suéltame… —graznó el tipo, intentando liberarse, pero aquel hombre lo levantó hasta separarle los pies del suelo como si no pesara nada.
—¿Así hablas con una mujer? —preguntó con una voz baja y amenazante.
Athena se estremeció ante aquel tono, era como descubrir a una bestia controlada… pero bestia al fin.
—¡Oiga, yo…!
—Pídele perdón.
—¿Qué…?
El agarre se volvió tan fuerte que lo hizo pasar del “rojo furioso” al “morado asfixia”. Y la muchacha intentó hacer algo, reaccionar, acercarse, pero un segundo después la bestia en cuestión había puesto al tipo de rodillas delante de ella y daba una orden tajante.
—Pídele perdón a la señorita —sentenció clavando sus ojos en los de Athena—. Y luego súbete a tu puto auto, antes de que se me ocurra dedicar el resto de mi vida a hundir la tuya. Discúlpate. ¡Ahora!
—Pe… perdón. ¡Perdón! ¡Lo siento! —exclamó el tipo retrocediendo aterrorizado, y terminó corriendo hacia su auto sin mirar atrás.
Solo entonces Athena se dio cuenta de que sus piernas estaban cediendo, pero no llegó al suelo. Aquellas manos enormes la sujetaron por la cintura, apretándola contra él como si fuera su centro de equilibrio.
—Respira. Eso. Despacio —le ordenó con una voz que a ella se le antojó demasiado sensual, como si un maldito locutor de radio estuviera susurrando contra su cuello.
Levantó la vista y vio que su expresión había cambiado por completo. La dureza había desaparecido y sus ojos se suavizaban en una mirada clara en aquel rostro condenadamente sexy.
—Lo siento… lo siento… —murmuró Athena como un disco rayado, sin saber si era por el casi accidente, la casi agresión, o la casi forma en que la tocaba para mantenerla en pie.
—¿Está bien? —preguntó él y la muchacha parpadeó.
—Sí… creo que sí. Gracias. Yo… lo siento, estaba distraída.

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