CAPÍTULO 119. Amar con libertad
A las seis en punto del día siguiente, Jordan apareció vestido para una cita de gala; y Katerina lo miró con suspicacia cuando él le abrió la puerta del automóvil.
—¿Adónde vamos?
—A nuestra cita.
—¿Estás preparando una boda secreta de la que no me he enterado?
—¡Todavía mejor que eso!
—¿Me dirás cuando pueda empezar a asustarme? —bromeó Kat.
—Definitivamente.
Media hora después, cuando el automóvil abandonó las calles más concurridas y tomó el camino hacia las afueras, Katerina empezó a reconocer la zona. Y cuando se detuvieron tuvo que hacerse la desentendida para no demostrar que conocía aquella casa. La misma casa que había espiado con su padre.
—¿Esta es tu idea de una cita de gala? —preguntó—. ¿Secuestrarme en paradero desconocido?
Jordan la miró a ella y luego a su vestido.
—Estás tan preciosa que definitivamente podría, pero primero te llevo a conocer la prisión y ya decides tú hasta dónde te puedo secuestrar.
Cuando entraron, Kat confirmó que la casa estaba casi vacía. Había muebles básicos, algunas cajas todavía cerradas y demasiado espacio libre, pero ella empezó a notar inmediatamente pequeños detalles que no encajaban con Jordan.
En la cocina había una taza amarilla con forma de pollo y eso la detuvo de inmediato.
—No… ¿Compraste una taza de pollo?
—Necesitábamos tazas.
—Esta es mi favorita —replicó Kat.
—Lo sé.
Él sonrió mientras Katerina dejaba la taza en su sitio, pero sabía exactamente qué iba a encontrar si seguía caminando.
Entonces Kat vio un libro sobre la encimera. Estaba abierto aproximadamente por la mitad, boca abajo, como si alguien hubiera interrumpido la lectura y pensara regresar enseguida.
—Lo dejé sin terminar el día que me fui —murmuró reconociéndolo.
—También lo sé.
Katerina lo miró, pero continuó hacia la sala. Había una manta abandonada sobre el brazo del sofá. No doblada, abandonada, justo como a ella le gustaba, y entonces empezó a comprender.
Los colores eran los que ella habría elegido. Los libros que ocupaban parcialmente una estantería eran de autores que le gustaban. Incluso aquel pequeño desorden parecía suyo.
—Jordan...
Él abrió las puertas hacia el jardín y Katerina se quedó inmóvil. Estaba lleno de orquídeas, decenas, quizá cientos rodeaban buena parte del jardín; y entre ellas había una hamaca.
Kat salió lentamente y acarició la tela con los dedos.
—¿Plantaste todo esto?
—Casi todo, aunque es evidente que me faltan habilidades manuales.
—¿Y planeas vivir aquí?
Jordan metió las manos en los bolsillos.
—Voy a esperarte aquí —declaró como una sentencia y Katerina dejó de sonreír.
—Jordan...

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