30 DÍAS... CAPÍTULO 14. Angel Rivera
—Bueno… esa te la voy a poner difícil, conejito —murmuró Allison como un desafío mientras seguía leyendo.
La tala Alejandra le mandaba mensajes sobre informes, sobre archivos, sobre servidores y accesos remotos. Cada mensaje hablaba de Oliver, de sus movimientos financieros y cuentas ocultas, y por supuesto, de vigilancia. Y también hablaba de una supuesta “identidad” de la que su jefe no podía enterarse.
Allison dejó escapar lentamente el aire mientras sus sospechas se confirmaban.
—Tú de conejito no tienes un pelo, tú eres un lobo feroz, lo que quiero saber es, ¿qué clase de bestia eres, exactamente?
Rebuscó en otros archivos del celular y entonces encontró un nombre completo: Ángel Rivera.
—Angel Rivera —pronunció en voz baja—. Así que ese de verdad era tu apellido... Debiste habértelo tapado, no me canso de decir que eres amateur. Entonces, señor Angel Rivera, ¿quién eres?
Continuó avanzando por la conversación y cuanto más leía, menos sentido tenía todo. Aquel era el teléfono de alguien infiltrado, pero lo que quería saber era por qué.
—¿Qué eres exactamente...? ¿Un agente federal? —murmuró frunciendo el ceño, pero la verdad era que no encontraba ninguna respuesta clara.
Sin embargo antes de que pudiera seguir investigando, toda la cabaña volvió a iluminarse; la electricidad acababa de regresar.
Allison dio un pequeño respingo y dejó el teléfono exactamente donde estaba. Acomodó la caja metálica en el mismo lugar, comprobó que todo permaneciera igual, y salió apresuradamente de la habitación.
Apenas llegó al salón, la puerta principal se abrió y Ángel entró completamente empapado. Llevaba el cabello pegado a la frente y la ropa cubierta de barro. Sacudió las botas antes de cerrar y respiró con cansancio.
—Ya está.
Allison levantó la vista.
—¿Qué pasó?
—El generador principal volvió a funcionar —respondió él señalando hacia el exterior y dejando la caja de herramientas junto a la puerta—. Pero la tormenta seguirá al menos cuatro días más.
Ella lo observó unos segundos y le hizo un gesto suave de afirmación.
—Está bien. Ve a secarte. Lo último que necesitamos es que te enfermes.
Ángel sonrió con disimulo.
—Sí, señora.
Media hora después el olor a café llenaba toda la cocina. Allison había preparado un desayuno abundante, y cuando Ángel regresó con ropa seca, ella ya estaba colocando los platos sobre la mesa.
—¿Me engañaste y en realidad eres una cheff encubierta? —preguntó Angel y ella hizo una mueca risueña.
Eso quisiera a veces, hago mi esfuerzo, pero no te sorprendas si acabas intoxicado.
—Oooook. Entonces tú pruebas la comida primero —rio él.
—¡Por supuesto! ¡Moriremos como Romeo y Julieta de una salmonelosis…! ¡Pero juntos!
Los dos soltaron una carcajada y luego se sentaron frente a frente. Durante varios minutos solo se escuchó el sonido de los cubiertos, al menos hasta que Allison le dio un pequeño mordisco a una tostada y se le escapó una mueca.
El labio todavía le dolía; y Ángel dejó inmediatamente la taza sobre la mesa. Los nudillos se le pusieron blancos pero su mano se relajó cuando la extendió hacia ella, en un intento de rozarle aquel labio, pero no llegó a tocarla.
—Perdóname —murmuró y ella levantó la vista.
—¿Otra vez? Ya te dije que no tienes que…
—Lo sé, pero no dejo de pensar en eso.
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