CAPÍTULO 4
JULIAN
El día comenzó como uno de esos que recordarás para siempre. Había despertado con una llamada de mi padre con la confirmación que tanto esperaba: mi participación en el programa de Jóvenes Pilotos. Ese programa no era cualquier cosa; era la oportunidad de mi vida. Podría conseguir mi primer contrato para representar a una caballería, una de las más prestigiosas del mundo.
Mientras desayunaba, no podía dejar de imaginar cómo sería la prueba dentro de dos semanas. Sabía que los entrenamientos ya no serían dos días a la semana, sino todos los días en el autódromo. Esa idea me llenaba de emoción y un poco de ansiedad. ¿Estaría listo para dar ese salto? Mi meta era clara: convertirme en piloto profesional y, algún día, ganar una carrera de Fórmula 1. El fútbol, aunque lo disfrutaba, era solo el medio para mantener mi media beca en el colegio. Nada más.
Por la tarde, llegó el momento del partido. Hoy jugábamos por la clasificación a los juegos juveniles, pero para mí, este encuentro tenía un peso extra. Sería mi último partido con el equipo. Tenía que decírselo al entrenador y a mis compañeros. Había un nudo en mi garganta cada vez que pensaba en ello.
Más tarde en la cancha.
Llegué temprano a la cancha con la intención de hablar con el entrenador antes de que comenzara el calentamiento y la práctica previa al partido. Él siempre había sabido cuál era mi verdadero sueño, y cuando se lo conté, me miró con esa mezcla de orgullo y tristeza que solo alguien que te apoya incondicionalmente puede tener. Me dio una palmada en la espalda y unas palabras de aliento que guardaré siempre:
—Persigue ese sueño, Julian. No será fácil, pero nadie dijo que lo bueno lo fuera.
Terminada la charla, nos enfocamos en las estrategias del juego. Iba a esperar a que terminara el partido para comunicarle la noticia a mis compañeros. El ambiente era el de siempre, hasta que, al entrar al estadio, algo llamó mi atención desde lo alto de la tribuna. Ahí estaba ella. ¿Qué hacía en las gradas? Nunca había venido a un partido. Nunca la había invitado, ahora que lo pensaba. Sentí una mezcla de sorpresa y nerviosismo. ¿La habría invitado Juan?
Juan ya no formaba parte del equipo, pero como era hijo del entrenador solía venir a ayudarnos algunas veces. Hoy fue uno de esos días.
La duda me carcomía, así que decidí preguntarle. Apenas se dio el momento, lo encaré:
—¿Invitaste a Monserrat al partido?
—¿Monserrat? ¿Está aquí? —respondió él, claramente desconcertado—. No, no la invité. Mañana salimos, pero no la veo. ¿Dónde está?
—Olvídalo. El partido está por empezar. Ya la veremos a la salida.
Intenté concentrarme en el juego, pero mi mente iba y venía entre el balón y Montse. ¿Por qué había venido? Cada tanto, lanzaba una mirada hacia las gradas. La vi riendo con sus amigas, ajena al juego, como si estar ahí fuera algo completamente normal.
El primer gol llegó a los 20 minutos. Sentí la euforia del momento, pero antes de abrazar a mis compañeros, instintivamente miré hacia la tribuna. ¿Me había visto? No. Estaba distraída, hablando con Irina. Traté de sacarlo de la cabeza, pero al marcar mi segundo gol, ocurrió lo mismo. Giré la cabeza hacia ella, y esta vez sí estaba mirando. Por un instante, nuestros ojos se cruzaron, y creo que sonrió, aunque no estoy seguro. Me sentí extraño. Nunca antes un gol había significado tanto y tan poco al mismo tiempo.
Cuando el árbitro dio el pitazo final, el marcador estaba 4-1 a nuestro favor. Habíamos ganado. Habíamos clasificado. Mis compañeros me abrazaban, pero en mi mente solo había un pensamiento: hablar con ella.
Después de una breve charla del entrenador, anuncié mi decisión al equipo. La reacción fue mejor de lo que esperaba: felicitaciones, abrazos y algunas bromas sobre que ahora que sería famoso tendría conseguirles pases a las carreras. Pero todo eso se sintió como un eco lejano. Quería salir del vestidor, encontrarla y entender qué estaba pasando.
Cuando finalmente salí, Carolina me interceptó. Me besó frente a todos, y aunque intenté corresponderle, mi mente estaba en otro lugar. De reojo, vi cómo Juan y Leo se adelantaron hacia donde estaban Montse, Irina y Elena. La rabia me invadió al verlos juntos.
—¿Nos vamos? —me dijo Carolina, rompiendo mis pensamientos—. Tengo un lugar increíble para cenar antes de irnos a mi casa.
—¿Y si nos quedamos un rato en la barbacoa? —sugerí, más interesado en MOntse que en la celebración.
—No soporto a tus compañeros, y mucho menos a tus amiguitas. Además, allí está Monserrat. ¿Qué hace aquí? —dijo, con ese tono ácido que empezaba a cansarme.
Decidí ignorarla y nos acercamos al grupo. Monserrat me saludó tímidamente:
—Buenas noches, chicos. Felicitaciones por el triunfo, Julian. Jugaste espectacular.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Acelerando hacia el amor