El departamento de Natalia guardaba todavía parte de la ropa que Irene no se había llevado. La familiaridad del lugar la envolvió mientras se quitaba las pantuflas en la entrada, como si una parte de ella aún viviera ahí.
Natalia estaba desparramada en el sofá, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre su regazo.
—Hermanito, vete a la cocina. Y tú, Irene, siéntate aquí que me vas a contar todo.
Una sonrisa nerviosa se dibujó en el rostro de Irene.
—No es justo. Se suponía que yo invitaba, tú compraste todo y David va a cocinar. ¿Qué se supone que haga yo?
Natalia soltó una risa seca que no ocultaba su preocupación.
—¿Todavía preguntas? Con que aguantes el sermón que te voy a dar, ya es ganancia. ¿O todavía quieres hacer más?
Irene se quedó muda, consciente de que su amiga tenía razón.
David, que ya se dirigía al comedor, se detuvo al escuchar el tono cortante de su hermana. La miró con advertencia.
Natalia captó la mirada de reproche y suavizó su postura.
—Ya, ya, no la voy a regañar... tanto. Pero mínimo que me explique qué está pasando.
—Entonces las dejo platicar tranquilas. —David colgó su chaqueta gris en el respaldo de una silla con movimientos pausados. Se arremangó la camisa, dejando ver sus antebrazos, y comenzó a organizar los ingredientes que estaban sobre la mesa.
Irene también se arremangó, lista para ayudar.
—Yo te echo la mano...
Antes de que pudiera dar dos pasos, sintió el agarre firme de Natalia en su brazo, arrastrándola de vuelta al sofá.
—Si tantas ganas tienes de ayudar, al rato hierves unas espinacas. Pero primero me vas a decir la verdad.
La presión en su muñeca no cedió, así que Irene suspiró derrotada. Con voz queda, le explicó sus razones para volver con Romeo.
El rostro de Natalia se transformó en preocupación genuina.
—¿Cómo está Daniel? ¿Cuánto necesitas? ¡Tengo algo ahorrado!
Irene forzó una sonrisa, evadiendo la segunda pregunta.
Después de un rato de charla sobre Romeo, cambiaron de tema. Irene encontró el momento para escabullirse a la cocina, ansiosa por mantener sus manos ocupadas.
David, notando su incomodidad, le cedió la tarea de preparar las espinacas, pero se quedó cerca, observándola.
—Oye, Irene... ¿has oído del concurso internacional que está organizando Design Space?
—Algo me comentó Pilar. —Irene recordó la conversación. Era un concurso extranjero con premios acumulados de veinte millones. Solo los tres primeros lugares de cada país podían competir internacionalmente. Estudio Píxel & Pulso había conseguido dos lugares, pero estaban reservados para diseñadores, no para asistentes como ella.
—¿Te gustaría participar? —La pregunta de David sonaba seria, llena de intención.
Irene cerró el grifo con firmeza, el agua goteando sobre las espinacas recién lavadas.
—Ni al caso, no tengo derecho a participar.
David apenas abría la boca para responder cuando la voz de Natalia resonó desde la sala.
—¡Irene! ¡El cretino de tu marido está llamando! —Natalia se había puesto de pie sobre el sofá, agitando el celular de Irene como si fuera una bandera de advertencia—. ¿Qué mosca le picó? ¡Si nunca te llama!

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