La noche anterior no había contestado el teléfono por accidente, pero ahora Irene colgaba su llamada deliberadamente. La mandíbula de Romeo se tensó mientras un músculo palpitaba en su mejilla.
"Malagradecida", masculló entre dientes.
Con un movimiento brusco, guardó el celular en el bolsillo de su saco, se deslizó tras el volante y arrancó el auto con más fuerza de la necesaria. El rugido del motor resonó por el estacionamiento del hospital mientras se alejaba.
Inés, percibiendo la tormenta que se agitaba bajo la superficie de su aparente calma, optó por mantener un prudente silencio. Con un movimiento discreto, dejó caer su lápiz labial bajo el asiento del copiloto.
...
El teléfono de Irene vibró justo cuando ella y Natalia salían del elevador. La pantalla mostró el nombre de Romeo. Sin un instante de vacilación, Irene rechazó la llamada.
Esta súbita muestra de interés llegaba demasiado tarde; era como sal sobre una herida abierta. No necesitaba su fingida preocupación. Después de tantos años juntos, conocía demasiado bien a Romeo: esto no era más que una formalidad, simple curiosidad por saber cómo había terminado en el hospital. Un dolor agudo le atravesó el pecho, como si miles de agujas se clavaran en su corazón.
Cerca del hospital, una bulliciosa calle albergaba numerosos puestos de desayuno que emanaban los aromas característicos de Puerto del Oeste. Mientras empujaba la silla de ruedas, Natalia alternaba entre maldecir a Romeo en sus pensamientos y tratar de animar a su amiga.
—¡Mira el lado bueno! —exclamó con fingida alegría—. ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos chance de venir a desayunar aquí? ¡Esto está buenísimo!
Los ojos de Irene se perdieron en la distancia.
—La última vez fue antes de graduarme de la universidad.
—¡No manches, yo también! —Los ojos de Natalia brillaron con nostalgia mientras inhalaba profundamente el aroma de la comida—. ¡Tú me trajiste! Hoy vamos a probar de todo, ¿eh? ¡No nos vamos hasta que hayamos comido en cada puesto!
El bullicio de la calle y el constante ir y venir de la gente fueron diluyendo gradualmente la melancolía de Irene. Se dejó guiar por el entusiasmo de Natalia, deteniéndose en cada puesto. Antes de darse cuenta, sus manos estaban repletas de paquetes y bolsas.
Encontraron un local de gorditas y pidieron un plato cada una. Irene observó a su amiga con preocupación.
—Nati, después me regresas al cuarto. Si tienes pendientes, no te preocupes por mí.
Sabía que su amiga estaba saturada de trabajo; los restaurantes de la familia Aranda siempre estaban a reventar.



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