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Al Mal Esposo, Darle Prisa romance Capítulo 58

La apelación de Vicente en la corte había desatado una ola de indignación. Los murmullos y miradas reprobatorias seguían a Irene por los pasillos del juzgado: la familia Llorente se negaba a darse por vencida hasta ver correr sangre, empeñados en proteger a Daniel, a quien todos señalaban como asesino.

El peso de representar a la familia Llorente caía sobre los hombros de Irene como una losa. La paz se había vuelto un lujo que no podría permitirse en el futuro cercano.

Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su blazer mientras escuchaba a Vicente.

—Gracias...

No alcanzó a terminar la frase. Una mano se cerró como una garra sobre su muñeca, y el impacto de la bofetada resonó por el pasillo del juzgado con un eco demoledor. El golpe le volteó el rostro y le dejó un zumbido persistente en los oídos.

César, su padre, la sujetaba con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos. La furia deformaba sus facciones hasta volverlas irreconocibles.

—¡Mira nomás lo que provocaste con ese abogado mediocre que contrataste! —el veneno goteaba de cada palabra—. ¡A poco crees que no me doy cuenta! ¡Lo que quieres es que Daniel se pudra en el bote para quedarte con todo el dinero de la familia! ¡Sigue soñando!

Yolanda se precipitó hacia ellos. Entre lágrimas, comenzó a jalar y empujar a Irene como si fuera una muñeca de trapo.

—¿Qué hiciste? ¡Nos vas a matar de la preocupación a tu padre y a mí! Dani siempre te ha querido tanto... ¿Qué no tienes tantita conciencia? ¿Cómo te atreves a quedarte ahí parada tan tranquila?

Las lágrimas corrían por el rostro de Irene mientras intentaba cubrirse la mejilla ardiente. Sus piernas temblaban, amenazando con traicionarla en cualquier momento.

¿Cómo podían pensar que no estaba desesperada? Se había desvelado noches enteras discutiendo estrategias con Vicente, exprimiendo cada neurona para encontrar la manera de sacar a Daniel lo antes posible.

¿Qué más querían que hiciera? ¿Que armara un escándalo en plena corte?

A unos metros de distancia, Natalia maldijo por lo bajo y cortó abruptamente su llamada con David. Se abrió paso entre la gente como una tromba y apartó a los Llorente de Irene.

—¡Ya estuvo bueno! —sus ojos echaban chispas—. ¡Irene no ha parado de moverse por su hijo! ¡No ha pegado el ojo en semanas! Y ustedes, ¿qué han hecho? ¡Nomás esconderse como avestruces mientras ella se lleva todos los madrazos y hace todo el trabajo! ¿Qué no tienen madre o qué?

Las venas del cuello de Natalia palpitaban visiblemente mientras les gritaba. César, aunque hervía de rabia, no se atrevió a enfrentarla. El apellido Aranda pesaba demasiado. Se conformó con fulminar a Irene con la mirada.

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