La determinación brillaba en los ojos de Irene mientras subía al edificio corporativo. El documento de divorcio pesaba en su bolso como una promesa de libertad. No era una visita de cortesía; esta vez, Romeo tendría que enfrentarla.
Gabriel, el asistente personal de Romeo, se levantó de su asiento. Sus dedos tamborilearon sobre el escritorio mientras esperaba la respuesta de su jefe por teléfono. La presencia de Irene siempre alteraba la rutina de la oficina, y hoy, había algo diferente en ella, una fiereza que lo inquietaba.
En la sala de conferencias, Romeo presidía la reunión con su habitual aire de autoridad. El traje negro a medida acentuaba su figura imponente, y su rostro mantenía esa máscara de frialdad que había perfeccionado con los años. Al escuchar el mensaje de Gabriel, un músculo se tensó en su mandíbula.
—Que suba. Ya es hora de poner las cosas en claro.
Diez minutos después, Irene permanecía de pie en la oficina de Romeo, consciente de cada segundo que pasaba. No sabía si la demora era otra de sus tácticas de control o si realmente estaba ocupado, pero ya no le importaba. Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del documento de divorcio.
El sonido de la puerta abriéndose la hizo girar. Sus miradas se encontraron en un choque silencioso. Romeo vestía el traje negro que ella le había regalado en su primer aniversario. Un detalle que no pasó desapercibido fue la corbata: no era la que ella había elegido con tanto cuidado, sino la que Inés le había dado en su cumpleaños. Una elección deliberada, sin duda.
Irene colocó el documento sobre el escritorio con un movimiento preciso.
—Aquí está el contrato de divorcio. Revísalo y fírmalo si estás de acuerdo.
Romeo se aflojó la corbata con dedos deliberadamente lentos, ignorando el documento. En su lugar, extrajo un papel del cajón y lo deslizó hacia ella.
Los ojos de Irene se entrecerraron al reconocer la carta de renuncia de Inés. Un destello de sorpresa cruzó su rostro antes de poder controlarlo.
—¿Y esto qué significa?
—La orillaste a renunciar. Es tu responsabilidad.
Una risa amarga escapó de los labios de Irene.


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