C100-¿TIENEN SILENCIO EN EL MENÚ?
Elizabeth había pasado la última hora intentando convencerse de que no le importaba, que lo que Gideon hiciera fuera de esa casa no tenía por qué afectarla. Pero cada vez que cerraba los ojos, su mente la traicionaba. Lo veía riéndose con esa tal doctora Aliya, inclinándose sobre la mesa con esa sonrisa arrogante, o peor, imaginaba a esa mujer atreviéndose a tocarle el brazo o a rozarle el cuello.
"Seguro ahora mismo está enseñándole esos malditos colmillos como si fueran un atractivo", pensó con rabia, y sin poder evitarlo, se imaginó a Aliya tirándole del saco de la chaqueta, diciendo con voz empalagosa: "Alfa, nunca había conocido un hombre como usted".
Elizabeth gruñó bajo, tan fuerte que los bebés en el cochecito la miraron un segundo antes de volver a dormir.
«Ridícula… ¿qué haces imaginándote esas cosas?» se reprendió, pero su loba no tuvo piedad.
"Puede que sí pase, por tu culpa. Seguro ya la tiene contra la pared. Y si no… lo hará muy pronto."
"¡Cállate! Ya deja de torturarme"
"Pues haz algo, o esa ramera doctora lo hará por ti."
El solo pensamiento le arrancó una mueca de disgusto tan evidente que si alguien la hubiera visto, habría jurado que se había tragado un limón entero.
No pudo más.
Miró a Draxel que estaba revisando unos documentos y le dijo con voz controlada:
—Me siento cansada, creo que me iré temprano a la cama.
Draxel levantó la vista y asintió, sin sospechar nada.
—Está bien, Eli. Descansa.
Subió de prisa, el corazón golpeando en su pecho como si fuera a escapar. Acostó a los bebés en su cuna doble, les acomodó las mantitas y acarició sus cabecitas hasta que sus respiraciones se hicieron profundas y tranquilas.
Y cuando estuvo segura de que dormían, salió casi corriendo hacia la habitación de Gideon. Y apenas abrió la puerta, la invadió el aroma masculino, ese que odiaba reconocer que le gustaba.
—Enfócate, Elizabeth… no estás aquí para aspirar su olor —murmuró entre dientes, mientras abría cajones y revisaba la mesa de noche.
No tardó en encontrarla.
Una tarjeta elegante, con letras doradas que parecían brillar bajo la luz tenue de las lámparas: Doctora Aliya Moreau y detrás estaba la dirección de un lujoso restaurante y un número de contacto.
El estómago se le contrajo de golpe y sintió que la sangre le hervía.
—Aliya Moreau… claro, hasta el nombre suena a amante —escupió con veneno.
Arrugó la tarjeta en su puño con tanta fuerza que el papel crujió y por un segundo, se sorprendió a sí misma deseando marchar al lugar y arrancarle la sonrisa falsa a esa mujer.

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