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AMANTE CONTRATADA DEL ALFA: ¡HUYÓ CON SUS CACHORROS! romance Capítulo 102

C102-LOBA GRUÑONA.

Los labios de Gideon, se movieron sobre los de ella con una urgencia feroz, exigiendo una respuesta que Elizabeth, a pesar de su rabia, no pudo negar. Un gemido ahogado se escapó de su garganta y el lo aprovechó para profundizar el beso, su lengua encontrando la suya en un baño húmedo y caliente. Se pegó a ella, todo su cuerpo una línea dura y familiar contra la suavidad de sus curvas, y ella sintió la evidencia inequívoca de su excitación, una presión firme y insistente contra su vientre que hizo que un calor repentino la inundara.

Le había extrañado, tanto que le dolía.

Y Cuando se separó de sus labios, ambos jadeaban. Pero Gideon no perdió el ritmo; sus besos descendieron por su mejilla, hasta la línea de su mandíbula, y finalmente encontraron la piel sensible de su cuello.

Elizabeth cerró los ojos, dejándose llevar por la sensación, sus manos aferrándose a sus brazos para no caer, porque cada beso, cada mordisco suave, era un recordatorio de lo que una vez tuvo y de lo que aún anhelaba.

Sus dedos comenzaron a bajar, desabrochando los botones de su blusa con una destreza exasperante y en un segundo el aire fresco le golpeó la piel y de pronto, la realidad irrumpió.

—Gi- Gideon, estamos… —trató de protestar.

—Shhh —murmuró él contra su clavícula, alzando la mirada por un instante hacia los arbustos que los ocultaban—. Si no haces ruido, nadie tiene por qué saberlo.

Ella quiso replicar, encontrar la fuerza para empujarlo, pero entonces su boca caliente se cerró alrededor de un pezón y toda coherencia se esfumó, más cuando Gideon succionó con avidez, su lengua jugueteando con el pezón endurecido hasta que la sensación se volvió casi dolorosa, y luego deliciosamente intensa.

Se pegó a su pecho con una devoción que la enloquecía, y cuando el sabor dulce y familiar de su leche materna tocó su lengua, Gideon gruñó de satisfacción, tragando con un placer obsceno que hizo que Elizabeth se arqueara contra él, al mismo tiempo que enterraba los dedos enterrándose en su cabello para mantenerlo allí, en esa boca que la llevaba al borde del abismo.

Entonces el repitió la tortura con el otro pecho, y ella tuvo que morderse el labio con fuerza para ahogar un gemido más alto, porque el placer era una corriente eléctrica que le recorría cada nervio.

Sin dejar de besarla, Gideon deslizó una mano hacia abajo, desabrochando sus vaqueros con movimientos seguros y ella contuvo el aliento, la protesta muriendo en su garganta antes de nacer. Su mano grande y masculina se deslizó dentro de su ropa interior, encontrando el calor húmedo que lo esperaba.

—¿Te duele? —preguntó en un susurrando contra sus labios, al mismo tiempo que sus dedos jugaban con su clítoris con una presision experta—. Después de los bebés…

—No —logró jadear ella, avergonzada por la necesidad que embargaba su voz—. No duele. Me gusta.

Él sonrió, y continuó su juego, sus dedos moviéndose en círculos precisos que hicieron que el placer se acumulara en su interior, cada vez más intenso, más urgente y pronto Elizabeth podía sentirlo, esa tensión gloriosa que anunciaba la llegada del orgasmo, y ella estaba lista para abandonarse, lista para estallar.

Y entonces, Gideon rompió el beso, sus dedos se detuvieron y se apartó.

El vacío y la frustración fueron tan abruptos que Elizabeth casi gritó y el se rió entre dientes, sacó su mano húmeda y se llevó los dedos a los labios. Su lengua los limpió con lentitud deliberada, mientras sus ojos no se apartaban de los de ella.

—Hmmm, delicioso…

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