Cuando Miriam fue llevada, en la sala quedamos solo Valentino y yo, junto con Mónica y Javier.
El ambiente se tensó de inmediato, por lo que decidí romper el silencio y le pregunté a Javier: “Javier, ¿viste cuando Miriam usó la taza de Mónica para tomar agua?”
Javier parecía querer hablar, pero no encontraba las palabras.
Mónica no se quedó callada y respondió de inmediato: “Claro que lo vio, pero no hizo nada al respecto. Para él, eso es una tontería. Estoy segura de que pronto mi hijos y yo también seremos una tontería para él. Por eso mejor nos divorciamos de una vez. Los niños se vienen conmigo y de tus cosas, ¡no quiero nada!”
Hablaba cada vez más alterada y su voz se quebraba.
Era cierto, Mónica no se preocupaba por el dinero, pues no importaba si eran tres o treinta niños, ella podía mantenerlos. Lo que le dolía era que Javier ya no le prestaba la misma atención de antes y ya no era tan dedicado.
“¡Yo no estoy de acuerdo!” Exclamó Javier de repente.
“¿No estás de acuerdo con qué? ¿Con divorciarte de Mónica o con que ella se quede con los niños?” Pregunté sin rodeos.
Javier dudó un momento, fue una reacción que hasta a mí me heló el corazón, pues si no quisiera divorciarse, habría respondido de inmediato, pero esos segundos de duda indicaban que estaba debatiendo qué prefería. Cuando una mujer dejaba de ser la única opción para un hombre, significaba que el amor ya no era el mismo.
Mónica lucía devastada y de repente, se dirigió hacia el dormitorio.
Me apresuré a seguirla y le pregunté: “Mónica, espera, ¿qué vas a hacer?”
“Me voy a llevar a los niños a la Ciudad Santa Bárbara, a mi casa.” Dijo sin una lágrima, pero con una voz fría y decisiva. Javier la siguió y viendo que Mónica sacaba a los niños para irse, él la detuvo.
Yo me interpuse entre ellos, temiendo que la situación empeorara.
“Nunca pensé en divorciarme, ¿está bien?” Javier suavizó su tono, como suplicando: “Lo de Miriam fue un error mío, me dio pena verla sola, ya de edad, con un niño y solo quise ayudarla un par de veces, pero jamás pasó nada entre nosotros, ¡de verdad!”
Esa explicación ni yo la creía, sobre todo viendo cómo Javier antes había favorecido a Miriam y cómo la había defendido.
“Javier, ¿tú mismo te crees eso?” Mónica lo miró con desprecio y le dijo: “Te lo dije cuando nos casamos: si algún día cambiabas, aunque fuera un poco, no lo soportaría.”
Eso dejó a Javier sin palabras. Intentó tomar a uno de los niños, pero yo lo impedí: “Los niños son muy pequeños, déjalos con Mónica, tú no podrás cuidarlos.”
Javier se resistía: “¿Cómo no voy a poder cuidarlos? Siempre he ayudado cuando vuelvo del trabajo, ¿qué tiene ella de especial?”
La tensión entre ellos era palpable y parecía que los problemas venían de largo.
“¿Ayudar? Si lo único que haces es cambiar un pañal, cargarlos un rato y preparar biberones. ¿Eso es todo lo que sabes?” Mónica estalló.
El griterío despertó a los tres pequeños que dormían plácidamente y comenzaron a llorar. Tuve que acudir a la habitación y tomar a Lola y Ángel en brazos y acomodarlos en el cochecito.
Los hijos de Mónica también lloraban y ella trataba de calmarlos mientras seguía discutiendo con Javier. Me sentía frustrada y deseaba poder sacudir a Javier para que entrara en razón.


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