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¡Cásate conmigo de nuevo! romance Capítulo 37

Era la mamá de Zaira, Elodia. Clarisa trató de calmar su respiración y, poniéndose de pie lentamente, la llamó: "Señora".

Elodia le asintió con la cabeza y se acercó, tomó una toalla que estaba sobre la silla de primera fila y se la pasó.

"Gracias".

Clarisa tomó la toalla para secarse el sudor y las lágrimas de su rostro, se giró ligeramente para que Elodia no viera su desaliño.

"Clarita, quiero hablar contigo", Elodia empezó a hablar y Clarisa se giró hacia ella, intuyendo el propósito de su visita, y asintió con la cabeza.

"Voy a cambiarme y vuelvo".

Elodia asintió: "Ve, te espero".

Clarisa se dio una ducha rápida, se cambió y volvió al salón. Elodia seguía de pie frente al escenario y se acercó a ella. Elodia no se volvió, mirando hacia el escenario dijo: "Recuerdas, ¿verdad? A los cinco años ganaste tu primera medalla de oro en este escenario, eras tan pequeña y ya tenías una presencia envidiable, deslumbraste a todos, y yo estaba tan orgullosa de ti".

En aquellos tiempos, Clarisa era la niña mimada de la familia Román, todos decían que superaría a Elodia, y ella también se emocionaba hasta las lágrimas. Cuando era niña, recibió todo el amor y la atención de Elodia y Santiago Román. Si hubiera sido su hija biológica, sería la princesita más feliz del mundo, creciendo sin preocupaciones, pero sabía que Elodia no hablaba para revivir ese vínculo maternal ya roto, entonces preguntó: "¿Para qué me buscaba?".

"Clarita, naciste para bailar, la familia Cisneros solo aprisionará tus pasos y tu espíritu, y Serafín no te ama. Quiero que sigas adelante y brilles en el escenario", Elodia sacó un cheque de su bolsa. "Aquí tienes cinco millones, suficiente para que estudies en el extranjero sin preocupaciones. Deja Nirvana".

Clarisa miró el cheque extendido ante ella, pero no se conmovió, solo sintió humillación y frío. Sabía que, al instarla a irse, Elodia quería despejar el camino para Zaira, aunque sabía que no debería preocuparse por la gente que la había abandonado, tal vez porque había recibido tan poco amor, conservaba el recuerdo del cariño de sus padres. A veces, despertaba de pesadillas llamando a su mamá.

Pero Basilia, egoísta y desentendida, incluso la agredió con una aguja después de sufrir violencia doméstica por parte de Yago. Clarisa nunca la consideró su mamá, pero si a Elodia. Pero ésta ya la había abandonado, ella era una niña sin madre.

Clarisa tragaba saliva con dificultad mientras Elodia dejaba el cheque en la silla y salía apresurada. Observaba su figura alejarse y la última chispa de cariño y admiración que sentía se desvaneció.

Elodia estaba equivocada; ella no les debía nada a los Román. El amor que dieron durante esos seis años fue para su hija, no para Clarisa, ¿y en ese momento con qué derecho pretendían chantajearla moralmente?

Elodia salió del edificio y el cielo ya estaba oscuro. El coche de la familia Román estaba estacionado debajo de un árbol cercano, estaba a punto de avanzar cuando escuchó una voz desde arriba: "Señora Román".

Elodia levantó la vista. La ventana del segundo piso se abrió y el bello rostro de Clarisa brillaba en la oscuridad de la noche, como iluminado. Levantó su mano delicadamente.

"No puedo aceptar su generosidad, por favor, tómela de vuelta", y el cheque flotó en el aire, aterrizando junto a los pies de Elodia, y la ventana ya se había cerrado.

El rostro de Elodia se tornó sumamente desagradable, sintiendo una mezcla de vergüenza y furia, pero también una indefinible tristeza. Zaira, impaciente en el coche, abrió la puerta y corrió hacia su madre: "Mamá, ¿cómo te fue? ¿La hermana dijo que sí?".

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