Clarisa sintió un golpe en la parte de atrás de la cabeza y se detuvo. Se volvió, cruzándose de brazos y mirando fijamente a Zaira: "¡No olvides que fuiste tú quien me invitó! Te encanta comparar y opacar a los demás, yo solo quise complacerte, ¿para qué te enojas tanto? ¿Si eres fea es mi problema?".
Zaira estaba a punto de explotar de la rabia y se lanzó hacia ella con la mano en alto para golpearla. Pero Clarisa fue rápida y agarró su mano firmemente: "¡Ya basta!".
Zaira soltó una risa burlona: "¿Y qué si atrajiste todas las miradas? ¿No terminó Sefi bailando conmigo? Clarisa, no te olvides, si no fuera por la familia Román, si no fuera por mí, seguirías siendo una chiquilla de los barrios bajos y jamás hubieras conocido a Sefi. ¿Qué? ¿Te enteraste que era un vestido que dejó mi abuela y te lo pusiste para venir? ¿Acaso no te das cuenta de lo ridícula que eres? ¡Esa era mi abuela no la tuya! Si no fuera por el cariño antiguo de mi abuela, ¿crees que Mariana te hubiera querido? ¿Que la familia Cisneros te hubiera adoptado? ¡Sin mi abuela, no serías nada!", seguía vociferando con rencor, mientras Clarisa apretaba los dientes y temblaba de rabia.
"Si pensar así te hace sentir superior, pues adelante", ella respondió con frialdad y soltó la mano de Zaira, intentó irse de nuevo, pero Zaira no soportaba esa actitud altiva, ¿qué tenía Clarisa que ella no?
Zaira la agarró de nuevo: "¡Me robaste la vida para convertirte en la Sra. Cisneros! ¡Tienes que devolvérmela, qué hay de malo en eso! Sefi nunca te ha amado, ¡siempre me ha amado a mí, a mí!", parecía una loca, insistente y descontrolada.
El viento nocturno soplaba y Clarisa sintió un frío inmenso, siendo sacudida le respondió: "Ya te dije, piensa lo que quieras, ¿quieres que todos salgan para vernos hacer el ridículo?".
Al oír eso, Zaira finalmente se calmó. Clarisa recuperó su mano y suspiró aliviada, pero en el siguiente segundo la escuchó decir: "No es que yo quiera pensar así, es que Sefi realmente me ama más que a ti. Clarisa, ¿tienes el valor de comprobarlo? ¡Yo sí!".
Clarisa frunció el ceño, sin entender a qué se refería esa mujer.
De repente, Zaira gritó y se lanzó sobre ella. Clarisa perdió el equilibrio y, con un par de chapoteos, ambas cayeron juntas a la piscina. Sin estar preparada para la caída, Clarisa tragó un par de bocanadas de agua y sintió un calambre en la pantorrilla, intentó calmarse y nadar hacia la superficie, pero Zaira la agarraba fuertemente, arrastrándola hacia abajo.
Clarisa no podía creer que ella se atrevería a tanto. Conteniendo la respiración, intentó zafarse, pero no podía soltarse; burbujas salían de su boca y el aire en sus pulmones se agotaba.



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