La llamada seguía sin respuesta. Clarisa intentaba comunicarse con él una y otra vez, pero del otro lado no había ni una sola respuesta, no sabía si él no había visto el teléfono o si a propósito no quería contestarle para darle una lección.
"¿El muy perro no contesta el teléfono? ¡Qué típico de él!", Celeste mascullaba entre dientes.
"¿Será que hiciste algo para molestarlo? ¡Habla de una vez!", Basilia la empujaba impaciente.
Clarisa perdió el equilibrio con el empujón, su bolso cayó al suelo y de él se deslizó un acuerdo de divorcio. Era uno que había redactado de nuevo, firmado y listo para lanzárselo en la cara a Serafín la próxima vez que lo viera, esperando que él también lo firmara.
Basilia lo recogió, mirándola con incredulidad: "¿Qué hiciste para que Serafín no te quiera más? ¡Esto es el colmo! Ve de inmediato a suplicarle que vuelvan, ponte de rodillas si es necesario, ¡vamos!".
Clarisa estaba exhausta, así era su propia madre. A su hija la estaban dejando y no le importaba el maltrato que había sufrido, solo le preocupaba perder el lujo y la riqueza; se zafó de Basilia con fuerza: "¡Si alguien va a arrodillarse, hazlo tú!".
Basilia, desequilibrada y a punto de estallar, se encontró con la mirada fría y firme de Clarisa y se quedó petrificada, su hija siempre había sido de las que se intimidaban fácilmente, y en ese momento no parecía ser así
Clarisa tampoco podía permitir que echaran a Bruno del hospital sin más, tomó la mano de Celeste firmemente. Ésta última le dijo al instante: "Ve tranquila, yo me quedo cuidando de Bruno, no dejaré que le pase nada".
Solo entonces Clarisa apretó el teléfono y salió apresurada del hospital.
Al caer la tarde, en el Club Dorado.
El refugio más exclusivo de Nirvana, frecuentado solo por la alta sociedad. Clarisa preguntó por Isidoro y supo que esa noche Serafín también estaría allí en una reunión.
El club era de acceso restringido, así que ella esperó afuera hasta que llegó Isidoro rápidamente. Él vestía un traje vino con cuello en V, su cabello no tan perfectamente peinado y un flequillo travieso que le daba un toque rebelde, emitiendo un aura de nobleza que solo el dinero y el poder podían otorgar, era elegancia pura.
"Isidoro, gracias por la ayuda".
Isidoro sonrió con picardía: "Pequeña Clarita, dos años sin verte y estás más bella. Vamos, tu hermano Isidoro te llevará adentro".
Pronto llegaron a la puerta de un reservado más discreto, él se detuvo y se dirigió a Clarisa: "He hablado con los de abajo, a partir de ahora puedes venir directamente a este reservado, es un lugar especial para reuniones entre conocidos, no está abierto al público, si buscas a Sefy, aquí lo encontrarás sin falta".
"Gracias Isidoro", ella le agradeció con una sonrisa, aunque no creía que volvería a buscar a alguien allí. Una vez se divorciara de Serafín, sus mundos serían completamente diferentes.


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