Celina volteó al escuchar el alboroto y vio a varios niños de unos cinco o seis años armados con pistolas de agua, rodeando a una mujer guapa que abrazaba con fuerza una muñeca. Los pequeños la empapaban sin piedad.
La mujer, con la mirada perdida, solo aferraba más la muñeca a su pecho.
—No le hagan daño a mi bebé... por favor, no le hagan daño —murmuraba.
Celina, indignada, les gritó a los niños:
—¡Oigan, dejen en paz a la señora! Si siguen molestando, llamo a la policía y van a ver cómo los llevan a todos.
Los niños salieron corriendo en distintas direcciones, dejando la escena en un silencio tenso.
Celina se acercó con cautela, ofreciéndole la mano a la mujer para ayudarla a levantarse. Al hacerlo, notó el anillo en su dedo: una piedra roja intensa que reconoció de inmediato.
Era un rubí de esos que llaman “sangre de paloma”.
Había visto uno igual en la mano de su suegra, Alejandra. Sabía que ese tipo de rubí no era barato ni común. De hecho, valía una fortuna.
¿Pero cómo era posible que una mujer así, con problemas mentales, llevara un anillo tan caro? ¿No temía que se lo robaran?
—Señora, ¿se encuentra bien? —preguntó Celina, intentando sonar tranquilizadora.
La mujer levantó la cabeza de golpe, la mirada extraviada. De repente, le sujetó la mano a Celina con fuerza.
—¿Bebé? ¿Eres tú? ¿De verdad volviste? No te vayas otra vez, ¿sí? Mira, este eres tú —le mostró la muñeca que apretaba contra el pecho, con una sonrisa llena de ternura.
—Señora, me parece que me está confundiendo con otra persona —susurró Celina, con voz suave—. ¿Recuerda cómo llegar a su casa? Si quiere, la puedo acompañar a la estación de policía...
—¿A casa? —La mujer abrazó la muñeca, negó con vehemencia—. No quiero volver. En la casa ya no está mi bebé.
Celina le sonrió, buscando la forma de calmarla.
—Pero mire, aquí lleva a su bebé con usted. ¿Por qué no regresa a casa con ella?
—Bebé... —masculló la mujer, de pronto fijando la mirada en Celina—. Tú eres mi bebé. ¿Por qué no vienes a casa con mamá?
—Eh...
Celina sintió que la situación se le estaba saliendo de las manos.
...
—¡Señora!
Un hombre de lentes salió corriendo del hospital, sudoroso, con expresión de angustia.
—Otra vez se escapó, señora —refunfuñó, pero al ver a Celina se quedó pasmado—. ¿Eres tú?
—¿Nos conocemos? —preguntó Celina, desconcertada.
El hombre se rascó la cabeza, apenado.
—Bueno, digamos que tú te desmayaste en la calle y nosotros te llevamos al hospital.
Celina abrió los ojos sorprendida.
—Así que fue usted quien me salvó.
El hombre sacudió la mano, incómodo.
—No, no, el mérito no es mío. A quien deberías agradecer es a mi jefe.
La mujer seguía aferrada a la ropa de Celina.
—Bebé, ven a casa con mamá.
—Señora, se está confundiendo. Ella no es...


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