El cuerpo de Emilio se tensó ligeramente. Giró la cabeza para mirar a la persona detrás de él, fijando su vista en ese rostro que denotaba cierto nerviosismo.
—¿Qué pasa?
Ella abrió la boca, titubeando.
—¿Qué... quieres desayunar?
—¿Me vas a preparar el desayuno?
Celina asintió, sin dejar de mirar a Emilio, como si temiera que él apartara la mirada en cualquier momento.
Para Emilio, esa actitud nerviosa la hacía ver aún más encantadora, irradiando una vitalidad imposible de ignorar. No podía evitarlo: le gustaba mucho más cuando ella se mostraba así de auténtica.
—No tengo prisa —Emilio se inclinó un poco hacia ella, susurrando cerca de su oído—. Mejor en la noche, ahí sí voy a querer comer.
Antes de que Celina pudiera reaccionar, él se marchó con una expresión de buen humor.
Cuando la puerta se cerró, Emma, que había estado presente, tardó unos segundos en volver en sí. Al darse cuenta de que casi había metido la pata, sintió un remordimiento punzante.
—Señora, no sabía que eso... era medicamento para no tener hijos. ¿Usted y el señor nunca han querido tener bebés? ¿Es por eso que siempre toma esas pastillas?
—No es eso —Celina recuperó la cajita de manos de Emma. Su intención era deshacerse de ella esa mañana, pero no esperaba que Emma la descubriera primero—. Sobre lo que sucede entre él y yo, no tiene por qué preocuparse.
Por suerte...
Emilio al parecer no se dio cuenta.
—Quiero pedirle algo, Emma. Espero que esto se quede entre nosotras, ¿puede hacerlo? —Celina casi nunca le pedía favores a Emma, pero esta vez era la excepción.
Emma notó que la situación era delicada. Ella necesitaba conservar el trabajo, así que entendía perfectamente lo que debía decir y lo que no.
—Lo tengo claro, señora. No le voy a contar nada al señor.
...
Abril llegó a la casa grande para ver a los niños. Llevaba varios regalos consigo, y se los entregó a las niñeras que cuidaban a los pequeños.
Incluso intentó darle uno a Carla, pero Carla se negó.
Las demás niñeras, viendo lo generosa que era Abril, la trataron con cortesía y respondieron amablemente a todas sus preguntas.
—Oigan, ¿es cierto que ayer la esposa de Emilio vino por aquí? —preguntó Abril, como quien no quiere la cosa.
Una de las niñeras, sonriendo, respondió:
—¿Se refiere a la señora? Sí, vino. La señora mayor y la esposa la llamaron.
Salió al patio y, mirando a todos lados, tomó su celular para llamar a Oliver y contarle sobre el embarazo de Celina.
Oliver se quedó mudo por un instante, con el ceño fruncido.
—¿Estás pensando en hacerle algo al bebé?
—Si ella tiene ese hijo, ¿cómo se supone que voy a entrar a la familia Arce? —le espetó Abril en voz baja, mirando alrededor antes de continuar—. Si te hubieras apurado en conquistarla, no estaría en esta situación. No olvides que estamos juntos en esto.
Oliver apretó la mandíbula, guardando silencio durante varios segundos.
—Déjame pensarlo.
Cuando la llamada terminó, Abril supo de inmediato que él no iba a meter las manos en el asunto de Celina.
¿Será que de verdad le interesa esa mujer?
¡Qué risa!
Siendo así, tendría que buscar a otra persona que hiciera el trabajo sucio.
Tras asegurarse de que nadie la observaba, Abril se marchó satisfecha, pero no notó la sombra de alguien que la espiaba detrás de una columna. Quien estaba allí, desde el inicio hasta el final, no podía creer lo que había escuchado y visto.
Sentía que algo dentro de su pecho se había roto por completo.

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