Álvaro sentía que tanto ruido le retumbaba en los oídos, de verdad quería sacar a Tania a la calle de una vez por todas.
Tal vez por miedo a alterar a la señora Vera, Alfonso por fin salió del cuarto y cerró la puerta detrás de él.
—¿Ya terminaste de hacer tu berrinche?
Tania, con la voz ahogada y los ojos brillosos, mordía su labio inferior.
—Tú le prometiste a mi mamá que vendrías a comer.
—Sí, lo prometí —soltó Alfonso, con una sonrisa ladeada—. Pero nunca dije que iría a fuerzas, ¿o sí?
Tania se quedó helada.
—¿Nos estás tomando el pelo?
—Ustedes intentaron jugar conmigo primero. Si yo les doy la vuelta, solo es para regresarles el favor. —En ese momento, Alfonso no tenía ni un poco de aquel aire de caballero que mostraba siempre. Ahora se le notaba la mirada astuta y una seguridad que intimidaba.
Era claro que tras ese rostro amable, había alguien calculador y difícil de leer.
Tania se le acercó y lo sujetó de la manga, desesperada.
—No es así… Eso fue cosa de mi mamá, no mía… Además, entre nosotros no pasó nada, ¿verdad? Alfonso, yo solo quiero que te cases conmigo.
Alfonso le hizo una seña a Álvaro para que se fuera. Cuando él salió, Alfonso soltó el agarre de Tania.
—La otra vez dijiste que Celina era una arrastrada, ¿no? Ahora mírate, ¿en quién te has convertido? Por querer casarte con un tipo, ya hasta se te olvidó la dignidad.
Tania se quedó pasmada, pero por dentro pensaba que ella no era igual a Celina.
—Celina sabía perfectamente que mi hermano tenía a alguien más en su corazón, ¡y aun así se casó con él! Eso sí es ser una arrastrada. Pero yo...
—¿Y tú cómo sabes que yo no tengo a alguien a quien quiero?
Tania se atragantó con las palabras, pero seguía insistiendo:
—¡Imposible! Yo investigué todo sobre ti, no tienes a ninguna mujer cerca.
—¿Me investigaste? —Alfonso, acomodándose la camisa con tranquilidad, sonrió—. Todo eso que encontraste es justo lo que quiero que los demás vean. ¿Cuánto de eso crees que sea cierto y cuánto inventado?
Tania se quedó sin palabras, parada ahí como si le hubieran quitado el alma.
Pasó un rato largo antes de que, por fin, se animara a preguntar:
—¿Te gusta Celina?
—Sí. —La respuesta salió de sus labios sin dudarlo.
Celina seguía en la casa de los Arce, pues Alejandra la había retenido para que escogiera productos de bebé. Ropa, pañales, juguetes; todo le dejaban elegir, mientras Carla daba órdenes para que prepararan un cuarto y lo convirtieran en habitación para el futuro bebé.
La suegra, que antes no perdía oportunidad de criticarla, ahora le hablaba como si realmente quisiera convertirla en la señora de la casa Arce.
Solo de imaginarse la cara que pondría si descubriera que en realidad no estaba embarazada, le daban ganas de reír y de salir corriendo al mismo tiempo.
Justo entonces, una empleada se acercó a Carla y, en voz baja, le dijo algo. Celina, atenta, alcanzó a leer en sus labios las palabras “ese niño”. Seguro hablaban de Santiago.
Carla y la empleada se retiraron juntas.
Celina, después de elegir algunas cosas solo para no levantar sospechas de Alejandra, buscó un pretexto para salir del cuarto. Caminó hasta la parte de atrás de la casa, donde vivían los empleados, y desde la puerta alcanzó a ver a un médico dentro del cuartito.
Una de las empleadas salió y Celina la interceptó.
—¿El niño está enfermo?
La muchacha se quedó helada.
—¿Señora? —No se atrevió a decir mucho—. Es algo psicológico, el joven… su papá le consiguió un psicólogo.
Celina frunció el ceño, preocupada.
—¿Qué pasó?

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