Oliver titubeó un momento y rechazó la llamada.
—¿No vas a contestar? —preguntó Celina con curiosidad, sin saber quién le marcaba.
Él sonrió apenas, guardando el celular en el bolsillo.
—Seguro es algún vendedor queriendo ofrecerme algo.
Apretó el celular entre los dedos, mientras el aparato volvía a vibrar. Su mente era un torbellino de dudas y contradicciones. Pero tenía claro que no debía contestar.
Cuanto más amables y confiadas eran Lucía y su hija con él, más difícil se le hacía mantener la distancia. Se ablandaba. Y eso era lo último que necesitaba. Lo que buscaba era convertir a Emilio en el eslabón débil, no ponerse él mismo en esa situación.
Quizás sí, le gustaba Celina. Pero si tenía que elegir entre su familia y ella, ya sabía la respuesta.
Al poco rato, ambos se despidieron y tomaron caminos distintos.
...
Apenas Celina subió al carro, su celular sonó. Era Lucía.
—¿Por qué Oliver no me contesta? Le he marcado varias veces, ¿estará muy ocupado? —preguntó Lucía, con voz preocupada.
Celina se quedó unos segundos en silencio.
—¿Cuándo le marcaste, mamá?
—Hace unos diez minutos —respondió Lucía—. Estoy en casa de Mati y pensé que si Oliver estaba libre, podría pasar por mí. ¿Será que ya lo fastidié con tantas llamadas?
Las palabras de su madre le dolieron más de lo que quiso admitir.
Desde que Felipe falleció, Oliver había estado al pendiente de ellas, ayudándolas siempre que podía. Para su mamá, él era casi como un hijo. Pero Celina sabía que, para Oliver, ellas no eran más que conocidas. Ni siquiera tenían lazos de sangre.
Si las ayudaba, era por amabilidad. Si no, estaba en todo su derecho.
Celina apretó los labios, sintiendo que había sido demasiado ingenua. En este mundo, fuera de los padres, nadie está obligado a ayudarte sin esperar nada a cambio.
—Mamá, Oliver está ocupado. Mejor ya no lo molestemos, ¿sí?
Lucía captó el mensaje y arrugó el entrecejo. Su voz sonó un poco apagada.
—Está bien, hija.
—Mamá, en un rato paso por ti, ¿va?

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