La recepcionista señaló hacia la izquierda.
—Justo por allá.
—Gracias.
Celina avanzó hasta la puerta de la oficina, se detuvo y tocó suavemente.
Al escuchar la voz de permiso desde adentro, empujó la puerta y entró.
Todas las oficinas aquí eran compartidas por dos personas. Además de Adonis, había una joven doctora en la sala.
Adonis miró a Celina, algo sorprendido.
—¿Y tú eres…?
—Buenas tardes, soy Celina, la doctora que llegó hace una semana y que pasó la entrevista con el subdirector. Aquí traigo mi currículum. A partir de hoy, seremos colegas.
Celina le entregó la carpeta con los documentos.
Adonis hojeó el expediente, y su rostro reflejó incredulidad.
—¿Tú fuiste jefa de cirugía en tu hospital anterior? Y además, tan joven y tan guapa…
La otra doctora también dejó ver su asombro.
Celina sonrió, pero no dijo nada. Después de unos segundos, preguntó:
—Usted es mi superior, ¿verdad? A partir de ahora, le diré doctor Adonis. Por cierto, ¿dónde está mi oficina?
A Adonis le agradó su cortesía y el respeto que le mostraba; eso lo dejó satisfecho. Giró hacia la doctora que estaba a su lado.
—Penélope, acompaña a la doctora Flores para que elija una oficina, ¿sí?
Penélope se levantó, le lanzó una mirada rápida a Celina y contestó con voz neutra:
—Sígueme.
Celina asintió a Adonis como agradecimiento y salió junto a Penélope.
Mientras caminaban por el pasillo, Celina observaba todo con curiosidad, tratando de familiarizarse con el lugar. Penélope la miró de reojo; en el hospital había varias enfermeras bonitas, pero ninguna como Celina. Había algo en su rostro delicado, sus facciones armoniosas y esa piel tan impecable que la hacía ver como una muñeca. Incluso su forma de caminar transmitía elegancia.
Y para rematar, era jefa de cirugía.
Una voz masculina la detuvo desde la puerta.
Celina giró rápidamente, y en cuanto sus miradas se cruzaron, el corazón le dio un vuelco. Por un instante, pensó que era Emilio.
Claro, no se parecían físicamente, pero ambos compartían ese tipo de atractivo intenso y enigmático. Los dos tenían rasgos profundos y marcados, pero este hombre tenía un aire de arrogancia y su rostro recordaba a alguien con ascendencia extranjera, mientras que Emilio era discreto y sereno, una imagen clásica de sofisticación latinoamericana.
—Perdón, no las toqué. Solo quería verlas de cerca.
—¿Quién te dio permiso de entrar aquí?
Su tono sonó cortante, y sus ojos cargaban una pizca de molestia.
Celina comprendió que, seguramente, él estaba acostumbrado a estar solo y no le agradaba que invadieran su espacio.
—Una doctora llamada Penélope me trajo. Dijo que este también sería mi lugar de trabajo.
Él frunció un poco el entrecejo y dejó los papeles que llevaba sobre la mesa.
—Esta oficina la compré yo con mi propio dinero. Me gusta trabajar sin que nadie me moleste, así que te pido que salgas.

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