Después de cenar con Fabiola, las dos regresaron juntas al departamento de ella.
El lugar donde vivía Fabiola era un pequeño departamento completo, con recámara, cocina y baño, todo muy bien acondicionado y decorado con mucho cuidado.
Karina echó un vistazo al lugar.
—Oye, este departamento no debe salir nada barato, ¿verdad?
Fabiola abrió el refrigerador, sacó dos botellas de yogur, le puso un popote a una y se la dejó a ella, entregándole la otra a Karina.
Luego se dejó caer en el sofá de un brinco.
—Me cuesta la tercera parte de mi salario —suspiró Fabiola.
Karina chistó con la lengua.
—¿Tanto así?
Hizo cuentas rápidas en su cabeza; el sueldo que había ganado en los últimos años no le alcanzaría ni para pagar dos años de renta.
—¿Pues qué creías? —respondió Fabiola.
—La neta, aquí sí que la vida está carísima —comentó Karina.
Fabiola se rio.
—Ni modo, hay que buscarle más, ¿no? De todas formas, hay que seguir viviendo. Tú quédate tranquila aquí, yo aunque no gane mucho, de que te puedo dar techo, te lo doy, eso ni se pregunta.
Karina, que siempre valoraba las buenas acciones, no pensaba aprovecharse.
—Te pago la renta —dijo con firmeza.
Fabiola agitó la mano de inmediato.
—¡Nel, ni de chiste! Después de tantos años de ser amigas, ¿cómo voy a dejar que me pagues? Si hiciera eso, ¿crees que tendría cara para llamarme tu amiga? Aunque el dinero me llame la atención, hay cosas que no se hacen. Hay que tener principios.
Al ver la reacción de Fabiola, Karina supo que insistir no serviría de nada. Mejor pensó en ver si le hacía falta algo en el departamento y luego comprárselo.
Fabiola, como buena amiga, no quería cobrarle. Era su manera de mostrar su lealtad, y Karina no iba a ser malagradecida.
...
Después de bañarse, las dos se tumbaron en la cama para platicar.
Aunque en los últimos años se mantuvieron en contacto por WhatsApp y llamadas, no era lo mismo que verse en persona. Estaban tan emocionadas que ninguna quería parar de hablar.
Se alargó tanto la charla que, cuando Fabiola revisó su celular, ya casi daban las tres de la mañana. Se tapó con la cobija y avisó:
—Ya, ya, basta, mañana tengo trabajo y si seguimos así, nos va a amanecer platicando.


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