La mirada de Simón se clavaba en mí con una intensidad que me heló la sangre. Una sensación familiar de impotencia me invadió, la misma que me atormentaba durante nuestro proceso de divorcio. Un escalofrío me recorrió la espalda mientras un miedo visceral se apoderaba de mí. No era un miedo cualquiera - era el terror de que tuviera razón, de que al recuperar la memoria volviera a caer perdidamente enamorada de él. La simple idea me revolvía el estómago.
"No puedo permitir que eso pase", pensé mientras apretaba los puños hasta que mis nudillos se tornaron blancos. "No otra vez."
Mi mente comenzó a trabajar frenéticamente, buscando una salida. La solución me llegó como un golpe: necesitaba encontrar a alguien más esa misma noche. Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios al reconocer la ironía - yo, la nieta conservadora de doña Aurora, contemplando algo así. Mi abuela siempre decía que las Miranda amábamos una sola vez, pero con una intensidad que consumía el alma.
Apreté los labios, conteniendo una risa histérica. Era perfectamente consciente de mi naturaleza - una vez que entregaba mi corazón, era para siempre. Por eso mismo necesitaba crear una barrera infranqueable. Si me entregaba a otro hombre ahora, incluso si algún día recuperaba la memoria y el amor por Simón volvía a consumirme, sería imposible regresar con él. La culpa y la vergüenza serían una espina constante, envenenando cualquier posibilidad de felicidad.
Los ojos me ardían mientras contemplaba la idea. No se trataba solo de protegerme - era venganza. No podía soportar la idea de que Simón, después de todo el daño que me había causado, pudiera tener un final feliz.
Estaba a punto de mentirle, de prometerle lo que fuera para bajar su guardia y poder escapar, cuando su voz cortó el aire como una navaja.
Sus ojos se oscurecieron peligrosamente.
—No te atrevas a hacer lo que estás pensando, Luz. Me volverías completamente loco.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Cómo podía...? La sorpresa debió reflejarse en mi rostro porque una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.
Su mano se acercó a mi cabeza, acariciándola con una suavidad que contrastaba brutalmente con la amenaza velada en sus palabras.
El timbre de mi celular rompió el pesado silencio. Era Gabi, preguntando por mi ubicación.
—Ya voy para allá —respondí, mi voz sonando extrañamente ronca.
Me di la vuelta para irme, pero su mano se posó nuevamente en mi cabeza, el gesto gentil contrastando con la amenaza implícita en su toque.
—Luz... —su voz sonaba casi dulce—. Puedes hacer lo que quieras. Si no quieres verme, puedo desaparecer de tu vida.
Sus palabras eran una mentira y ambos lo sabíamos.

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