El suave balanceo del barco me confirmó lo que ya temía: habíamos llegado a aguas internacionales. Mi cabeza aún daba vueltas por los efectos del sedante mientras intentaba procesar mi situación. Lo peor no era estar atada, sino reconocer a mi captor.
Renzo Laborde. El mismo inversionista que había estado acosando nuestro laboratorio durante meses. Desde el primer momento que lo vi, algo en su mirada depredadora me había puesto en alerta. No importó cuántas veces intentó convencernos con sus millonarias ofertas de inversión; mi instinto me decía que mantuviera distancia.
Sus pasos resonaron contra la madera pulida mientras se acercaba. Una sonrisa torcida deformaba sus facciones.
—Señorita Miranda, debo admitir que es usted brillante. Crear un milagro en solo un año... pero desperdiciar semejante tecnología en personas paralíticas, eso sí que es un crimen.
Mi mandíbula se tensó. La forma en que dijo "personas paralíticas" me revolvió el estómago.
Se inclinó hacia mí, su aliento mentolado me provocó náuseas.
—¿Por qué no trabajamos juntos? Podríamos hacer una fortuna.
"Así que tenía razón desde el principio", pensé mientras lo observaba pavonearse por la habitación. No era más que otro criminal con traje caro.
Me explicó su "propuesta": querían que modificara mi tecnología para crear un chip capaz de controlar el sistema nervioso central. Un dispositivo que les permitiría manipular personas para sus operaciones criminales.
—¡Ni loca! —las palabras salieron disparadas de mi boca antes de poder contenerlas.
No solo era técnicamente imposible, sino que jamás participaría en algo así. La sola idea me provocaba repulsión.
Su rostro se endureció, la falsa cordialidad evaporándose como agua en el desierto.
—No sea tan precipitada, señorita Miranda. También trajimos a su maestro con nosotros. Sería una lástima que le pasara algo malo por su... terquedad.
Sentí que la sangre se me helaba en las venas. Mi visión se nubló por un instante mientras el pánico amenazaba con apoderarse de mí. "Respira, Luz, respira. No puedes perder el control ahora", me repetí mentalmente.
...
La noche se arrastraba con una lentitud insoportable. Di vueltas en la cama, repasando obsesivamente cada detalle del día, buscando el error que nos había traído hasta aquí. Mi mente no dejaba de imaginar formas de escape, cada una más improbable que la anterior.
—Ya hay alguien rescatándolo. No te preocupes.
A pesar de las mil preguntas que me quemaban la lengua, me mantuve en silencio mientras lo seguía por los pasillos del crucero. Sabía que estábamos en desventaja: el barco estaba repleto de criminales y, en aguas internacionales, no podíamos esperar ayuda de la policía.
Mientras nos deslizábamos como sombras hacia la cubierta, Simón me explicó en susurros que tendríamos que saltar al mar y nadar hasta una lancha rápida. Mi preocupación por el profesor debió notarse en mi rostro, porque añadió que el rescatista era un nadador experto.
Lo miré de reojo, sorprendida por la calma y determinación que emanaba. Por un momento, un destello de la seguridad que solía sentir a su lado me golpeó con fuerza, dejándome confundida y vulnerable.
Acabábamos de alcanzar la cubierta cuando el aire se rasgó con el aullido estridente de una alarma.
Mi corazón se detuvo por un segundo.
Nos habían descubierto.

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