El alivio se extendió por su cuerpo como una ola cálida. La muerte lo envolvía con gentileza, como si fuera una vieja amiga que por fin venía a visitarlo. Por primera vez en mucho tiempo, Simón sintió paz.
Ya no importaba nada más. Ella podría ser feliz ahora. Ya no habría más dolor, no más lágrimas derramadas por su culpa. Luz finalmente sería libre.
Con las piernas temblorosas, observó a las figuras que se acercaban por el pasillo. La sangre goteaba de su herida, formando un pequeño charco a sus pies. Se recargó contra la barandilla, dejándose caer lentamente hasta quedar sentado en el suelo frío del crucero.
Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro mientras sacaba el control remoto de su bolsillo. Las bombas que había ordenado instalar por todo el barco esperaban silenciosas, listas para cumplir su último propósito. Originalmente, debían servir como distracción para su escape. Ahora serían su despedida final.
Había sido precavido al crear dos controles. Uno en manos de Fernando, para detonar las bombas una vez que estuvieran a salvo. El otro, el que ahora sostenía entre sus dedos temblorosos, era para este preciso momento. Para cuando todo saliera mal.
Y ese momento había llegado.
Un último acto de redención. Un último sacrificio para protegerla. Para asegurarse de que Luz pudiera alejarse sin que nadie la persiguiera jamás.
...
El agua helada me envolvió por apenas un segundo antes de que unos brazos fuertes me atraparan, arrastrándome hacia la lancha. Al reconocer a Fernando, la confusión en mi mente se disipó, reemplazada por pánico puro.
—¡Suéltame! —me retorcí en sus brazos—. ¡Simón está herido, tenemos que ayudarlo!
Fernando me ignoró por completo. Con movimientos precisos, me subió a la lancha y gritó órdenes para partir de inmediato.
La desesperación me consumía. Me aferré a su brazo con toda la fuerza que me quedaba.
—¡No podemos dejarlo ahí! ¡Le dispararon! ¡Tenemos que...!
Los ojos de Fernando, inyectados en sangre por la furia, se clavaron en los míos.
—Ya no hay tiempo —su voz sonaba ronca, quebrada—. Simón instaló bombas por todo el crucero. Si algo salía mal, si lo descubrían... —tragó saliva con dificultad—. Las detonaría para que pudiéramos escapar sin que nos siguieran.
Sus palabras me golpearon como una bofetada, dejándome paralizada. Antes de que pudiera procesar lo que significaban, el mundo estalló.
—Simón... —su nombre escapó de mis labios como una plegaria mientras mi cuerpo se movía por instinto hacia la borda.
Fernando me atrapó antes de que pudiera saltar, sus brazos como grilletes de acero alrededor de mi cintura.
—¡Te detesto, Luz! —rugió en mi oído—. ¡Si alguien merecía morir eras tú! Pero Simón... —su voz se quebró—. Simón quería que vivieras. ¡Dio su vida para que pudieras seguir adelante!
Me retorcí en sus brazos, luchando con toda la fuerza que me quedaba. Pero era inútil. Solo podía mirar, impotente, cómo el crucero se desmoronaba entre las llamas. Cómo cada segundo me alejaba más y más de él.
El dolor me robó las palabras, me robó el aliento, me robó el alma.
Por fin recordaba cuánto lo amaba. Y él nunca lo sabría.
Dolía. Dolía como si me estuvieran arrancando el corazón del pecho.
En ese momento, deseé no haber sido salvada. Deseé estar en ese crucero, consumiéndome entre las llamas junto a él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cicatrices de un Amor Podrido