El profesor Montes se erguía frente a mí con una elegancia natural que contrastaba con la tensión que emanaba de Simón. Una sonrisa cortés se dibujó en sus labios, suavizando las líneas de experiencia en su rostro.
—Por favor, señor Rivero, no es necesario tanto protocolo. La señorita Miranda ya me expresó su gratitud.
La mandíbula de Simón se tensó visiblemente. Sus ojos se oscurecieron con ese brillo territorial que yo conocía tan bien, ese que aparecía cada vez que sentía que alguien se acercaba demasiado a lo que consideraba suyo. Sus dedos tamborileaban inconscientemente contra su costado.
—Si alguna vez necesita algo, lo que sea, no dude en buscarme.
Sin previo aviso, sus brazos me rodearon con una fuerza excesiva. El dolor se disparó por mi cuerpo, pero me quedé inmóvil, conociendo demasiado bien el precio de resistirme.
El profesor Montes no pasó por alto mi reacción. Sus cejas se juntaron en un gesto de preocupación.
—Señor Rivero, está lastimando a su esposa. Su condición es delicada todavía.
La sombra en el rostro de Simón se intensificó, aunque aflojó ligeramente su agarre. Toda la falsa cordialidad se evaporó de su voz.
—Le agradezco que salvara a mi esposa, profesor. Estoy en deuda con usted, pero le pido que deje de preocuparse tanto por ella.
"En otro tiempo", pensé con amargura, "habría interpretado ese tono posesivo como una señal de amor". Ahora veía claramente lo que era: el berrinche de un niño al que intentan quitarle su juguete favorito.
El profesor Montes pareció querer agregar algo más, pero tras encontrarse con mi mirada, guardó silencio.
Simón giró hacia mí, su voz transformándose en miel envenenada.
—Vámonos a casa, mi amor.
Su descaro me revolvió el estómago. ¿Cómo podía fingir ser el esposo devoto después de abandonarme una y otra vez por Violeta? Le respondí con una sonrisa tan gélida como el agua de la piscina, mientras iniciaba mi cuenta regresiva mental.
"Uno..." El mensaje ya debía haber llegado a mi querida hermanita. "Dos..." Seguramente ya estaba maquinando cómo arrancar a su adorado Simón de mi lado. "Tres..."
Como un reloj perfectamente sincronizado, el celular de Simón vibró con ese tono especial que reservaba para ella. Sus brazos me soltaron instantáneamente, como si mi piel quemara.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cicatrices de un Amor Podrido