La familia Ayala...
Carla se acercó a la cama con pasos suaves, sosteniendo con cuidado un plato humeante entre sus manos.
—Israel, te traje tu caldo de pollo favorito —con delicadeza, colocó el plato frente a Simón, estudiando disimuladamente cada una de sus reacciones.
Simón ni siquiera se dignó a mirar el plato. Sus ojos permanecieron fijos en la ventana.
—Estás embarazada, deberías estar descansando. Hay suficientes sirvientes aquí, no tienes por qué preocuparte por mí.
Una sonrisa calculada se dibujó en el rostro de Carla mientras acariciaba suavemente su vientre abultado.
—El embarazo no me hace una inválida. Si no puedo hacer ni estas pequeñas cosas, me sentiré completamente inútil —hizo una pausa estudiada antes de agregar—. Además, el doctor dice que estar de mal humor puede afectar mucho el desarrollo del bebé.
Simón contuvo un suspiro de frustración. Aunque estaba más que harto de sus intentos de manipulación y lavado de cerebro, sabía que no podía ser demasiado duro con una mujer embarazada. En su situación actual, necesitaba mantener las apariencias, así que optó por el silencio.
—Anda, Israel, tómalo mientras está caliente. Si se enfría ya no va a saber igual —insistió Carla, empujando suavemente el plato hacia él.
Deseando terminar con esta farsa lo antes posible para que ella se marchara, Simón tomó el plato y, para sorpresa de Carla, se bebió el caldo de un solo trago.
Carla observó la escena con atención, y por un instante, un destello de crueldad atravesó su mirada. Sus sospechas acababan de confirmarse: Israel detestaba el caldo de pollo con toda su alma. La noche anterior, el hipnotizador supuestamente había transferido esa aversión a la mente de Simón.
Carla apretó los puños bajo la manga de su vestido. No le importaba si no podían convertirlo en Israel; lo verdaderamente crucial era evitar a toda costa que recuperara sus recuerdos. Conocía demasiado bien el profundo amor que Simón sentía por su exesposa. Si recuperaba sus recuerdos, incluso si accedía a fingir ser Israel y permanecer en la familia Ayala, jamás querría estar con ella.
¡Y eso era algo que Carla no podía permitir!
En cuanto confirmó sus sospechas sobre el engaño de Simón, corrió a consultar al hipnotizador, desesperada por encontrar alguna forma de evitar que recuperara la memoria.
—Lo siento, señora Ayala —había respondido él con resignación—. No hay nada que pueda hacer al respecto. La hipnosis siempre ha sido ineficaz contra personas con una voluntad fuerte, y en el caso de este señor... su fuerza de voluntad es extraordinaria.
Carla bajó la mirada, mientras su mente comenzaba a considerar alternativas más drásticas.

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