Las palabras de Carlos flotaron en el aire como un veneno, pronunciadas lo suficientemente bajo para mantener una apariencia de discreción, pero con la clara intención de que llegaran a mis oídos. Cada sílaba destilaba desprecio.
Mis ojos se oscurecieron como una tormenta que se avecina.
—Carlos.
El asistente dio un paso al frente, su postura rígida y formal contrastando con el desprecio que brillaba en su mirada.
—¿Sí, señora?
La falsa cortesía en su voz hizo que algo dentro de mí se endureciera.
—Quedas despedido. Recursos Humanos te entregará tu liquidación con un extra. Ve a recoger tus cosas.
Un destello de satisfacción atravesó mi pecho. A pesar de haber sido una romántica incurable que abandonó sus estudios por amor, mi cerebro seguía funcionando perfectamente. No había sido tan ingenua como para quedarme con las manos vacías después de invertirlo todo en Simón. Me había asegurado de tener la segunda mayor participación accionaria de la empresa, justo después de él.
"¿Por qué mantener a alguien que no solo me falta al respeto como jefa, sino que se dedica a humillarme?", pensé, recordando todas las veces que este hombre había contribuido a mi sufrimiento emocional. Los registros en mi diario no mentían.
La mandíbula de Carlos cayó, sus ojos desorbitados por la incredulidad.
—¿Despedirme? ¿A mí?
—Así es.
—Señora, ¿no se habrá golpeado la cabeza cuando casi se ahoga ayer? —una risa nerviosa escapó de sus labios—. ¿Quién se cree que es? ¡Soy el asistente de mayor confianza del presidente Rivero!
Lo ignoré mientras sacaba mi celular y marcaba el número de Simón.
—O despides a tu Carlos ahorita mismo, o vendo todas mis acciones a tu competencia.
—¿Y ahora qué hiciste? —la voz de Simón sonaba impaciente, probablemente más preocupado por su "verdadero amor" que por cualquier asunto de la empresa.
—Me faltó al respeto y no quiero volver a verlo por aquí —mis dedos tamborilearon contra el celular—. Escucha el audio que te acabo de mandar. Tienes tres minutos para decidir.
—Señora, me equivoqué —su voz temblaba—. Por favor, pídale al presidente que no me despida. Tengo familia que mantener, si pierdo este trabajo no podrán sobrevivir.
Lo miré con la misma frialdad que él me había mostrado tantas veces.
—¿Y eso a mí qué me importa?
"¿Acaso pensaste en tu familia cuando me humillabas con tanta soberbia?", pensé. Además, después de tantos años junto a Simón, seguramente había acumulado suficiente dinero para vivir sin preocupaciones.
—Señora, de verdad reconozco mi error...
Me di la vuelta sin dejarlo terminar. Si con un simple "me equivoqué" se arreglara todo, ¿para qué existiría la justicia?
...
Hace unos días, Fidel no se limitó a dejarme en el hospital. Se quedó hasta que completaron todos mis exámenes, y solo después de asegurarse de que los resultados estaban bien, se marchó.

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