La indignación bullía en el pecho de Ángeles mientras era escoltada fuera de la habitación. Sus pensamientos, alimentados por décadas de servicio a la élite de la sociedad, se arremolinaban en una tormenta de ultraje y desprecio.
"¡Qué descaro! ¡Qué vulgaridad!"
El rostro de la veterana sirvienta se contrajo en una mueca de desprecio. A lo largo de sus años de servicio en las mansiones más prestigiosas, había cultivado un refinado sentido de lo que significaba pertenecer a la alta sociedad. Para ella, la verdadera aristocracia se distinguía no por sus posesiones materiales, sino por una dignidad inherente, un código tácito de conducta que privilegiaba la mesura y la consideración por encima de los arranques impulsivos.
Sus ojos oscuros relampaguearon con desprecio al recordar la violencia del encuentro. La verdadera nobleza, pensaba, residía en la capacidad de resolver los conflictos con elegancia y diplomacia. El comportamiento brutal de aquellos advenedizos era, en su opinión, la prueba irrefutable de su origen plebeyo.
En la habitación, Simón extendió su mano hacia mí con un gesto protector.
—No temas, estoy aquí para ti.
Su voz transmitía una calidez que, en otro momento, podría haberme conmovido. Sin embargo, la amargura de los acontecimientos recientes pesaba demasiado en mi corazón. Me aparté de su contacto con un movimiento deliberado.
—Señor Ayala, por favor, recuerde quién es usted —pronuncié cada palabra con precisión quirúrgica.
La luz en sus ojos se apagó por un instante, como una vela sofocada por una ráfaga repentina. No insistió, respetando la distancia que yo había impuesto entre nosotros.
El mayordomo de la familia Ayala apareció en ese momento, su figura erguida emanando la dignidad propia de su cargo.
—Señor, la señora solicita la presencia de la señorita Miranda.
La noticia del altercado con Carla había llegado ya a oídos de la señora Ayala. Mi agresora se había convertido en víctima ante los ojos de su suegra, quien probablemente estaría complacida de tener por fin una excusa para ejecutar la venganza que tanto había anhelado contra mí.

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