La carretera serpenteaba como una cinta gris bajo el cielo vespertino, conectando el aeropuerto con la ciudad en un único trazo sinuoso. Alejandro, sentado en el asiento trasero de su vehículo, mantenía la distancia con el auto que me transportaba. Su mirada se perdía en el horizonte.
El silencio en el interior del vehículo se rompió cuando su chofer se inclinó ligeramente hacia adelante, la preocupación dibujada en su rostro.
—Señor Ortega, algo no anda bien con el auto de la señorita Miranda.
La mirada de Alejandro se agudizó como la de un halcón al observar los movimientos erráticos del vehículo que los precedía. Su mandíbula se tensó, y un músculo palpitó en su mejilla.
—¡Síguelos!
El timbre de su celular cortó el aire como un presagio. La pantalla mostraba el nombre de Rafael.
—Tío, ¿estás con Luz? —la urgencia en la voz de Rafael era palpable—. Me acaban de informar que esa maldita de Blackwood planea acabar con ella.
—¿Dónde?
—En el trayecto del aeropuerto a la ciudad. ¡Ten mucho cuidado! Voy para allá.
La expresión de Alejandro se transformó en una máscara impenetrable, sus ojos destilando una determinación acerada.
...
En el otro vehículo, mientras mi asistente murmuraba plegarias entrecortadas, mi mente trabajaba a toda velocidad. La actitud del conductor no cuadraba con un simple fallo mecánico. Su calma era antinatural, casi calculada. Los titulares recientes sobre atentados suicidas en Francia destellaron en mi memoria como señales de advertencia.


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