La tensión en la habitación del hospital podía cortarse con un cuchillo cuando Celeste irrumpió como un vendaval. Los ojos de Violeta se elevaron hacia ella, intercambiando una mirada.
Celeste, captando al vuelo la situación, soltó un grito que resonó por toda la habitación.
—¡No te preocupes, Violeta! ¡Ya llamé a la policía! ¡Van a venir por esta desgraciada que quiere matarte!
La mandíbula de Simón se tensó visiblemente mientras su rostro se ensombrecía.
—¿Se puede saber qué diablos estás haciendo, Celeste? ¿Quién te dio permiso de llamar a la policía? —Su voz se volvió cortante como el hielo—. Y ni se te ocurra volver a insultar a mi esposa.
"Qué curioso", pensé mientras observaba a Simón. A pesar de cómo me trataba normalmente, había momentos en que parecía que de verdad le importaba. O tal vez solo era su orgullo herido al ver que insultaban a "su mujer".
Celeste me señaló con un dedo acusador, su rostro contorsionado por la indignación.
—¡Cómo la defiendes cuando quiere matar a Violeta! ¡Yo la vi con estos ojos! —Su voz temblaba de rabia—. La empujó al agua con toda la intención, queriendo que tu hermana se ahogara. ¡Una víbora así merece que la encierren!
—¡Ya basta de tonterías!
La voz gélida de Simón cortó el aire como un látigo. En ese momento, Violeta me lanzó una mirada que hablaba más claro que mil palabras: "Si no consigues esas acciones, te pudro en la cárcel. No me importa que Simón te esté defendiendo ahorita; si yo quiero hundirte, todos me van a apoyar. Tengo testigos, estás acabada."
No podía negar la capacidad de Violeta para manipular a la gente. Si realmente se lo proponía, podría convencer hasta a mis padres y a Simón, que supuestamente no querían verme tras las rejas, de que ese era mi lugar.
Pero esta vez era diferente. Una sonrisa se dibujó en mis labios mientras agitaba mi celular en el aire con un gesto casual.

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