El silencio pesaba en la mansión Ayala como una mortaja. Los pasillos, usualmente llenos de actividad, permanecían quietos mientras la familia aguardaba con creciente preocupación. Simón llevaba más de veinticuatro horas encerrado en su habitación, sin probar alimento ni agua, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir para él.
Un grito desgarrador rompió la quietud de la mañana. El sonido de porcelana haciéndose añicos contra el suelo resonó por el pasillo, y los pasos apresurados de la familia Ayala convergieron hacia la fuente del estruendo.
La imagen que encontraron les robó el aliento. Ahí estaba Simón, de pie en el umbral de su habitación, pero no era el mismo joven de rostro radiante que todos conocían. Su cabello, antes negro como el ébano, se había transformado en una cascada de plata pura que enmarcaba un rostro demacrado por el dolor. Los presentes se quedaron paralizados, como si el tiempo mismo se hubiera detenido en ese instante de incredulidad absoluta.
"¿Cómo es posible?", susurraron voces atónitas. La transformación desafiaba toda lógica, toda experiencia previa. ¿Qué tormento podría ser tan devastador como para arrancar el color mismo de la vida?
Jacinta observaba a su hijo con el corazón destrozado. Sus manos temblaban mientras recordaba su propio dolor, aquel que había sufrido al perder a su primogénito.
"Mi bebé, mi niño..." susurró con voz quebrada, incapaz de procesar la metamorfosis de su hijo.
Carla, por su parte, sentía que la sangre le hervía en las venas. La vergüenza y la indignación se entremezclaban en su interior como un veneno ardiente.
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