La noticia de mi matrimonio anterior se extendió por el salón como una mancha de tinta en agua cristalina, tiñendo cada mirada, cada murmullo. Cuatro años de matrimonio previo se convirtieron en un peso invisible sobre mis hombros, una marca que la sociedad se apresuraba a grabar sobre mi piel.
La hipocresía social brillaba con descaro bajo las lujosas lámparas de cristal. Para un hombre de alta sociedad, cada nuevo matrimonio era un trofeo más en su vitrina, una prueba de su capacidad de conquista y renovación. Pero para una mujer, sin importar sus logros o su brillantez profesional, un matrimonio anterior era una sombra perpetua, un estigma que la sociedad se negaba a borrar.
Las miradas se deslizaban sobre mí como gotas de lluvia ácida, cargadas de juicios silenciosos. ¿Cómo osaba una mujer con un matrimonio fallido aspirar al afecto de alguien como Alejandro Ortega? Los murmullos se multiplicaban, resonando en los rincones del salón como un enjambre de avispas irritadas.
La transformación en el semblante de Alejandro fue sutil pero innegable. Sus ojos, habitualmente cálidos cuando me miraban, adquirieron un matiz acerado ante las miradas reprobatorias de los presentes. Su brazo, firmemente anclado a mi cintura, se convirtió en una declaración de guerra contra cualquiera que osara juzgarme.
Durante el resto de la velada, cada gesto suyo hacia mí se convirtió en un acto deliberado de adoración pública. Servía mi copa con la delicadeza con que se manipula una reliquia invaluable. Acercaba mi silla como si estuviera coronando a una reina. Su devoción era tan evidente que incluso las lenguas más venenosas se vieron obligadas a guardar silencio.
Para Alejandro, cualquier desprecio hacia mí era una afrenta personal, una declaración de guerra que no dudaría en responder. La alta sociedad, siempre pragmática en su hipocresía, comenzó a recalibrar su actitud. Después de todo, ¿quién se atrevería a enemistarse con Alejandro Ortega por el simple placer de un chisme malintencionado?
Solo cuando la última mirada despectiva se transformó en una sonrisa forzadamente amable, Alejandro permitió que su postura se relajara. Su habitual aire despreocupado regresó, como si nunca hubiera estado dispuesto a desatar el infierno por defenderme.



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