La mirada de Rafael brillaba con una esperanza desesperada mientras nos observaba, sus ojos suplicando en silencio que todo fuera una elaborada farsa, que existiera alguna razón oculta detrás de este anuncio de amor y matrimonio que había destrozado su mundo.
Mi corazón se encogía ante su expresión vulnerable. A pesar de la distancia que siempre había mantenido con mi propia familia, Rafael se había convertido en ese hermano que nunca tuve, y para Alejandro, era el sobrino al que había visto crecer, al que había guiado con mano firme hacia la adultez.
Pero la compasión no podía nublar la verdad. Como si nuestras voces estuvieran sincronizadas por el peso del momento, respondimos:
—No, no estamos fingiendo.
Las palabras apenas habían abandonado nuestros labios cuando Alejandro entrelazó sus dedos con los míos, su agarre firme y decidido.
—Estamos juntos, Rafael. Y el bebé que Luz lleva en su vientre es mío —su voz resonó con una claridad demoledora—. Ahora es tu tía.
La dureza de sus palabras me hizo girar el rostro hacia él, cuestionando en silencio si tanta crudeza era necesaria. Alejandro sostuvo mi mirada sin decir nada, pero su mano apretó la mía con más fuerza, transmitiéndome su determinación.
El impacto de la verdad golpeó a Rafael como una sentencia irrevocable. El color abandonó su rostro mientras retrocedía con pasos inseguros.
—No, no... no es así... no puede ser... —su voz se quebraba con cada palabra.

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