El aroma a algodón de azúcar y palomitas de maíz flotaba en el aire mientras contemplaba la majestuosa entrada del parque. En aquellos días difíciles del emprendimiento, cuando Simón y yo apenas teníamos para un café, Disney era un sueño tan lejano como las estrellas. Las jornadas interminables y los bolsillos vacíos nos mantenían atados a una realidad donde la magia parecía inalcanzable.
Cuando por fin la fortuna nos sonrió, trayendo consigo tiempo y dinero, Simón, fiel a su promesa, propuso que visitáramos Disney para Año Nuevo. Sus ojos brillaban con la misma ilusión que los míos al mencionar el viaje. Pero entonces, como una sombra que oscurece el sol, Violeta regresó.
La metamorfosis en Simón fue tan súbita como dolorosa. Aquel viaje soñado se transformó en un regalo para ella, y mis anhelos de princesa se desvanecieron como burbujas de jabón en el viento. El sueño que había alimentado desde niña —primero con mis padres, luego con Simón— se marchitó como flores en otoño.
Y ahora, cuando creía haber sepultado ese deseo bajo capas de resignación y madurez, el destino me traía aquí, frente a este reino de fantasía. Las emociones se arremolinaban en mi pecho como hojas en una tormenta.
"Los sueños postergados nunca mueren", pensé con amargura. "Solo duermen, esperando el momento de despertar y recordarnos lo que perdimos."
La mano de Alejandro se cerró sobre la mía con delicada firmeza. Sus dedos, cálidos y seguros, me anclaron al presente.
—Mira hacia adelante —su voz acarició mis pensamientos como terciopelo—. En la vida solo hay felicidad, alegría y belleza.
Mi respuesta fue alzar la mirada hacia el castillo que se erguía frente a nosotros, sus torres rozando el cielo como pinceles de plata.
—Vamos —murmuró, guiándome hacia las puertas que custodiaban aquel reino de fantasía.
...
El silencio que reinaba en el parque resultaba casi irreal. Las filas, normalmente serpenteantes y bulliciosas, apenas contaban con algunas personas que, al vernos, se apartaban cortésmente para cedernos el paso. Mi mirada interrogante encontró la sonrisa de Alejandro.
Las horas se deslizaron como arena entre los dedos mientras la magia de Disney envolvía mi corazón. Cada atracción, cada espectáculo, despertaba la niña que dormía en mi interior. Las risas brotaban espontáneas de mi garganta, y la alegría bailaba en mis ojos como luciérnagas en verano.
Alejandro observaba mi transformación con satisfacción apenas disimulada. Como el estratega nato que era, sabía leer los matices más sutiles del comportamiento humano, tejiendo con paciencia una red de momentos perfectos para conquistar mi corazón.
El ocaso nos encontró con las mejillas sonrosadas y el espíritu liviano. A pesar de las horas transcurridas, la magia del lugar seguía intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en un instante eterno de felicidad.
El broche de oro fue el espectáculo nocturno de fuegos artificiales, que Alejandro había mandado preparar con especial dedicación. Desde el mirador privilegiado, contemplamos cómo el cielo se transformaba en un lienzo de luz y color. Las explosiones de oro, plata y rubí pintaban constelaciones efímeras sobre el manto nocturno.
Por primera vez en mucho tiempo, mi pragmatismo cedió ante la magia del momento. Las chispas multicolores se reflejaban en mis ojos como estrellas danzantes, recordándome que a veces los cuentos de hadas sí se hacen realidad, aunque no de la manera que esperábamos.

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