La amenaza que emanaba de Simón atravesó a Carla como un relámpago. La ferocidad en su mirada superaba con creces aquella ocasión en que la acusó de haberlo traicionado.
—¡Ayuda! ¡Auxilio! —El grito brotó de la garganta de Carla, instintivo y desesperado.
Si antes, sin estar embarazada, apenas había sobrevivido a su furia, ahora el terror la paralizaba. Su mano se posó protectoramente sobre su vientre, donde su bebé crecía ajeno a todo este horror.
El silencio que siguió a sus gritos resultó más aterrador que cualquier amenaza. Los guardias, siempre tan vigilantes, brillaban por su ausencia. La quietud del jardín se tornó siniestra, como si toda vida hubiera huido ante la tormenta que se avecinaba.
Carla se incorporó tambaleante, retrocediendo mientras las palabras tropezaban en su boca.
—Simón... por favor, podemos hablar... —Su voz temblaba tanto como sus piernas.
Su mente se precipitaba en un torbellino de pensamientos, buscando desesperadamente qué podría haber desatado esta furia. Desde el momento en que supo de su embarazo, se había dedicado exclusivamente a cuidar de esta nueva vida. ¿Qué error había cometido para merecer esta ira?
El muro contra su espalda marcó el final de su escape. En un parpadeo, la mano de Simón se cerró sobre su garganta. El oxígeno se esfumó de sus pulmones mientras la desesperación la consumía.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cicatrices de un Amor Podrido