Di un paso al frente, dispuesta a intervenir, pero la mano firme de Alejandro me detuvo. Con un movimiento sutil pero decidido, se interpuso entre Héctor y yo, enfrentando al patriarca de los Ayala con una mirada penetrante que revelaba años de experiencia leyendo las verdaderas intenciones de los hombres.
—Señor Ayala, ¿qué clase de respuesta espera de nosotros? —su voz era serena pero firme, como la calma que precede a una tormenta.
—Quiero que hagan todo lo posible por encontrar a mi hijo —respondió Héctor con una autoridad que parecía ensayada—, sin escatimar en gastos para salvarlo. Además...
Sus palabras iniciales despertaron en Alejandro y en mí un destello de esperanza. A pesar del veneno que Jacinta había vertido en el corazón de la familia, el padre de Simón parecía mantener un genuino interés por el bienestar de su hijo, una preocupación que contrastaba dramáticamente con la fingida aflicción de su esposa.
Sin embargo, la conversación pronto reveló su verdadera naturaleza. Como una serpiente que muda su piel, el discurso de Héctor se transformó en una calculada negociación. Entre líneas diplomáticas y pausas estratégicas, comenzó a tejer una red de insinuaciones sobre el proyecto más lucrativo de Alejandro, sugiriendo que debería pasar a manos de la familia Ayala como "justa compensación".
La expresión de Alejandro se transformó sutilmente. No era la cesión del beneficio lo que le perturbaba, sino la revelación del verdadero carácter de Héctor. Aquel hombre que momentos antes clamaba por su hijo ahora exponía su alma mercantil, más preocupado por balances financieros que por el destino incierto de Simón.


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