Las palabras se me atoraron en la garganta. Quería gritarle que me daba asco, pero mi cuerpo exhausto no estaba para discutir con un borracho.
—Suéltame primero —mi voz salió tensa, controlada—. No soporto que me toques así.
Simón aflojó apenas su agarre, pero sus brazos seguían aprisionándome como cadenas. El aroma a whisky que emanaba de él me revolvía el estómago.
—Dices que vas a cambiar —continué, midiendo cada palabra—. Pero las promesas no sirven de nada. No puedes lastimarme una y otra vez y esperar que un simple "perdón" lo arregle todo, menos después de casi matarme.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba ante la mención del incidente en la alberca. La culpa, al menos por eso, parecía genuina. Sus brazos me apretaron con más fuerza, como si temiera que me fuera a desvanecer.
—Ya es tarde y quiero dormir —dije, adoptando un tono más suave—. Tal vez, si demuestras con hechos que has cambiado, algún día podría dejar atrás todo este dolor.
Era una mentira piadosa. No se trataba de perdonar o no perdonar. Simplemente ya no quedaba nada entre nosotros, ni siquiera el rencor merecía la pena.
Después de un silencio que pareció eterno, Simón hundió más su rostro en mi cuello. Su respiración cálida me provocó un escalofrío de repulsión.
—Mi amor, déjame abrazarte para dormir —susurró con voz quebrada—. Hace tanto que no te tengo así...
Una risa escapó de mis labios.
—¿Y de quién es la culpa? —el veneno en mi voz era palpable—. Estuve tres meses pudriéndome en el hospital y ni te dignaste a aparecer.
Me detuve un momento, saboreando las siguientes palabras:
—Ah, no, perdón. Sí fuiste una vez. No a verme, claro. Solo a exigirme que le pidiera perdón a tu adorada Violeta.
Simón exhaló pesadamente. El alcohol parecía estar nublando su capacidad para mantener su fachada habitual.
—Esos tres meses estuve... —se interrumpió, buscando las palabras—. De verdad estuve muy ocupado. La oficina en el extranjero, la fábrica en Villa San Gregorio... Todo se complicó.

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