—¿Y eso en qué se diferencia de andar pidiendo limosna? —disparó Valentina, con ese tono sarcástico que usaba para menospreciar a Igor. La rabia le hervía por dentro, y cualquier oportunidad era buena para desquitarse.
Pero a Igor no le afectaban en lo más mínimo sus palabras. De hecho, se le quedó viendo descaradamente a los camarones que quedaban en el plato de Valentina y soltó con doble intención:
—Señorita Gil, ni siquiera ha tocado esos camarones.
Valentina entendió de inmediato a qué se refería. Había conocido gente desvergonzada, pero lo de Igor ya era otro nivel.
—Esos los estoy guardando para Leandro —dijo, cubriendo su plato con la mano, no fuera a ser que Igor se los quitara.
Igor soltó una sonrisa desdeñosa y, levantándose de su asiento, preguntó:
—Señorita Guevara, ¿se le antoja algo más? Puedo ir por otra ronda.
—No, gracias, ya comí suficiente —contestó Camila, rechazando su ofrecimiento.
Leandro, con el gesto endurecido y el ceño marcado de disgusto, se levantó también. Parecía listo para marcharse. Valentina, al verlo, le preguntó apresurada:
—Leandro, ¿a dónde vas?
—Al baño —respondió Leandro, con voz cortante.
Valentina solo pudo mirar cómo se iba. No tenía manera de saber si era cierto, pero de cualquier modo, no podía detenerlo.
Al pasar cerca de Brenda, Leandro se inclinó lo justo para murmurarle una advertencia al oído:
—Borra las fotos.
Brenda se quedó de piedra. Esas fotos las había tomado a escondidas, siguiendo las indicaciones de Valentina, y Leandro ni siquiera se suponía que lo supiera.
¿Pero cómo se enteró?
Valentina vio la expresión de susto en el rostro de Brenda, pero no entendió qué estaba sucediendo.
—Sigan comiendo, yo ya me voy —dijo Camila, poniéndose de pie. No quería seguir ahí ni un minuto más.
Igor intentó detenerla:
—Señorita Guevara, ¿no va a participar en la actividad de la tarde?
La tal “actividad” seguro se trataba de que Valentina presentara su show, repartieran algunos regalos a los niños y se tomaran unas fotos.
Pero a Camila ese tipo de eventos no le interesaban en lo más mínimo.
—Prefiero regresar a descansar.
—¿Trajo carro? ¿Quiere que la lleve a su casa? —insistió Igor.
—No, gracias —volvió a rechazar Camila.
—El que se ponga el saco, señorita Gil. ¿Por qué se altera tanto? —Igor le soltó la frase mirándola de frente, sin titubear.
Valentina jamás había pasado una humillación así, y menos de alguien como él, que para ella no valía nada. Ni siquiera creía que mereciera sentarse a su mesa.
Aunque, pensándolo bien, ese tipo de hombres encajaban perfecto con alguien como Camila. Igual, no podía tragarse el coraje.
Valentina fingió serenidad, forzó una sonrisa y dijo:
—¿No sabías que ella ya estuvo casada?
Al parecer, Camila no le había contado eso a Igor.
La reacción de Igor no se hizo esperar. Se le notó la sorpresa de inmediato.
—¿La señorita Guevara ya tiene esposo?
Valentina soltó una risa desdeñosa:
—Ahora que lo sabes, ¿todavía la quieres perseguir?
...
Camila había llegado en taxi ese día. Su carro seguía en el taller. Aunque ella estaba bien, el frente del vehículo quedó hecho pedazos y tardarían mucho en arreglarlo.

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