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Cinco años sin amor: El día que decidí ser yo misma romance Capítulo 57

—¿Ya te fuiste? —Valentina no podía creerlo; él se había marchado sin siquiera despedirse. De inmediato, su voz sonó dolida—: ¿Por qué ni siquiera me avisaste?

Sin embargo, fue solo una queja breve. Enseguida preguntó:

—¿Vas a venir por mí en la noche?

—Mejor ve tú sola —le respondió Leandro, sin interés alguno, y colgó el teléfono en el acto.

—Pero… —Valentina aún quería decir algo más, pero al otro lado ya no hubo respuesta.

...

Camila salió del vestidor tras cambiarse de ropa. Leandro la miró de arriba abajo y, por primera vez, pareció satisfecho con lo que veía.

Al salir del área de atención VIP, el gerente de la tienda y varias empleadas ya los estaban esperando.

El gerente, adelantándose, la elogió con entusiasmo:

—Señorita Guevara, este vestido parece hecho especialmente para usted.

Una de las empleadas asintió, agregando:

—Sí, este vestido llevaba mucho tiempo esperando en exhibición. Nunca habíamos encontrado a alguien que pudiera lucirlo tan bien. Hoy por fin llegó el día.

—Prepárenle un peinado y maquillaje —ordenó Leandro al gerente.

El gerente, con una sonrisa servicial, contestó:

—Por supuesto.

En MIC, esa boutique de alta costura, no solo vendían vestidos. También ofrecían el servicio completo de arreglo personal.

Casi todas las clientas que venían por un vestido de gala aprovechaban para que el equipo de la tienda las dejara listas de pies a cabeza.

El proceso, sin embargo, podía resultar bastante largo. Camila, sentada frente al espejo, cerró los ojos y poco a poco empezó a quedarse dormida.

Hasta que la estilista la despertó con suavidad:

—Señorita Guevara, ¿puede mirar un momento?

Al abrir los ojos y verse reflejada en el espejo, le costó reconocerse. Nunca antes la habían arreglado con tanto esmero; la mujer que veía parecía una versión distinta de sí misma.

El gerente y las empleadas no podían dejar de observarla. Se notaba que les confirmaba eso de que no existen mujeres feas, solo mujeres que no se arreglan.

Pero Camila, en realidad, siempre había tenido una belleza natural; sus facciones delicadas y la forma de su cara resaltaban de un modo que imponía presencia.

Aunque, siendo sinceros, aunque sacara cualquier otra medicina, Leandro ni siquiera preguntaría.

Leandro, sin embargo, notó lo que hacía y preguntó, como si no le importara:

—¿Y el anillo?

Camila miró instintivamente su mano izquierda, que estaba vacía. Cuando se casaron, Leandro sí le había dado un anillo. Era un par de sortijas de matrimonio, aunque nunca hubieran hecho una ceremonia.

Ella lo usó algunos días, hasta que se dio cuenta de que Leandro nunca llevaba el suyo. El anillo de él seguía guardado en su caja, como si nunca lo hubiera tocado.

Al final, Camila también dejó de usarlo para evitar las preguntas incómodas sobre su matrimonio. Ni siquiera sabía qué responder: si decir que estaba casada, o que no.

Ya llevaba cinco años sin ese anillo. Y apenas ahora él se daba cuenta.

—Para trabajar, me resulta incómodo. Por eso me lo quitaba —explicó Camila, restándole importancia.

Sin decir nada, Leandro sacó una pequeña caja del compartimiento del carro. Llevaba el logotipo de MIC.

La abrió: adentro había dos anillos del mismo diseño.

Sin pedirle permiso, Leandro tomó la mano de Camila y deslizó uno de los anillos en su dedo anular izquierdo.

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