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Cinco años sin amor: El día que decidí ser yo misma romance Capítulo 63

Leandro no era ningún ingenuo. Ese tipo de sonidos entre un hombre y una mujer, era imposible que no los reconociera.

Valentina se apresuró a tomarle la mano, fingiendo preocupación por Camila.

—Leandro, seguro escuchamos mal, Camila no haría algo así.

Pero Brenda, con toda la seriedad del mundo, soltó:

—Pero la señorita Guevara está justo en ese cuarto.

Valentina le siguió el juego, preguntando con tono inquisitivo:

—¿Y tú la viste con tus propios ojos?

Brenda asintió con firmeza, sin dejar lugar a dudas.

—Sí, la vi. Ese mesero la llevó adentro.

Con el testimonio en la mesa, Valentina dejó de aparentar y mostró una expresión llena de decepción.

—¿Cómo es posible que Camila haga algo así? Si tus padres se enteran, ¿qué van a pensar?

Leandro apretó el puño con tal fuerza que los nudillos crujieron —el sonido se escuchó nítido, como si partiera ramas secas.

Por dentro, luchaba por no perder el control y patear la puerta. Sabía que si cruzaba esa línea, si destapaba lo que estaba ocurriendo, todo con Camila se acabaría para siempre.

—Vámonos —masculló entre dientes, con la mandíbula tensa, dándose la vuelta para irse.

Valentina quedó sorprendida por su reacción.

—¿Leandro, de verdad vas a dejarlo así?

—¿Vas a dejar que te humille de esa manera?

El semblante de Leandro ya no podía ser más sombrío. Justo en ese momento, la puerta del cuarto se abrió desde dentro.

Un hombre apareció, acomodándose la ropa mientras salía. Al ver el grupo en la puerta, se sobresaltó.

—¿Qué hacen aquí?

—¿Y ustedes qué estaban haciendo adentro? —cuestionó Valentina con tono acusador.

El hombre se pasó la lengua por los labios, todavía con una expresión satisfecha.

—Pues, ya sabes, en un cuarto de hotel, un hombre y una mujer… ¿qué más podría ser?

—Entonces sí lo hicieron —la voz de Leandro sonó tan dura que se sintió como un golpe en el pecho.

El hombre se encogió de hombros, despreocupado.

—Fue de común acuerdo, ¿qué tiene de malo?

—Tanto que presumes de ser directora, y en la cama ni se mueve —murmuró con desdén, sin preocuparse de quién escuchara.

Para Leandro, esas palabras fueron la gota que derramó el vaso. Ya no intentó contener el coraje; explotó como un toro enfurecido y le soltó un puñetazo al tipo, mandándolo directo al suelo.

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