Leandro seguía sentado solo en la sala cuando, de pronto, una idea le cruzó la mente.
¿Acaso ella quería divorciarse por ese tipo?
¿Ese sujeto siquiera estaba a su altura?
Si de verdad Camila era tan ciega como para preferirlo, él tampoco iba a detenerla. ¿Por qué no hacerle el favor?
...
A la mañana siguiente, Camila ajustó el acuerdo de divorcio: ya no era que se iría con las manos vacías, ahora pedía veinte millones de pesos.
No lo hacía por el dinero, en realidad solo quería que el divorcio saliera rápido. Pero si ponía una cifra muy baja, él podría tomárselo como una burla. Así que, tras pensarlo, decidió pedir veinte millones; ni mucho ni poco, lo justo.
Tan pronto terminó de modificar el documento, lo envió por correo electrónico.
...
Leandro no había podido pegar el ojo en toda la noche y llegó temprano a la oficina. Apenas encendió la computadora, vio el mensaje de Camila, enviado desde su correo de trabajo.
Al abrirlo, se topó otra vez con el acuerdo de divorcio.
¿Tanta prisa tenía por separarse?
Pensó en ignorarla, pero se obligó a controlar el enojo y lo revisó por encima.
Tal y como sospechaba, ahora pedía veinte millones.
Desde el inicio, ella nunca pensó irse sin nada. Aunque, para ser sinceros, esos veinte millones le parecían poca cosa para ella.
Mientras hervía de coraje, sonó su celular con un número desconocido.
Él solía tener bloqueadas las llamadas de desconocidos, así que era raro que una lograra pasar.
Dudó un par de segundos, pero contestó.
—Ya te volví a mandar el acuerdo de divorcio. Si todo está bien, imprímelo y fírmalo —la voz del otro lado era inconfundible.
Leandro soltó una risa burlona y le tiró:
—¿Por qué no pides más?
¿Acaso pensaba que eso era poco?
Camila respondió sin darle mucha importancia:
—No me lo voy a acabar.
Leandro la miró con irritación, sus labios se curvaron en una mueca despectiva.
—Ni para mantener a tus amantes te alcanza, ¿no?

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