En la chimenea de la casa de campo, la leña crepitaba con fuerza.
Esther sostenía una copa de vino tinto, la movía despacio, y de vez en cuando la acercaba a los labios para tomar un sorbo.
Florencia, intentando no hacer ruido, le marcó a Lía:
[Lía, ven rápido a ver a la señora. Apenas amaneció y ya está tomando.]
Dos copas más tarde, el vino recorría la garganta de Esther como hielo. Sentía el pecho aún más helado.
Acababa de llamar a la tienda de vestidos de novia.
Se suponía que ese día, en la mañana de su aniversario, le llevarían el vestido; en la noche, ella lo usaría para tomarse fotos con Pablo en el estudio, como un recuerdo especial.
Pero las cosas nunca salen como uno espera. Pablo la había dejado plantada y, para colmo, ella misma olvidó el asunto del vestido.
¿Y el resultado?
[Señora Córdoba, ya entregamos el vestido. ¿No lo recibió?]
La respuesta la dejó perpleja. ¿Cuándo llegó ese vestido?
[¿A dónde lo entregaron?]
[A Villa Pinar Dorado, así nos lo indicó el señor Córdoba.]
La copa se le resbaló de las manos, derramando el vino escarlata sobre la alfombra blanca. La mancha se extendió como una flor sangrienta, brutal, igual que la herida que sentía en el corazón.
Villa Pinar Dorado.
El escondite dorado de Pablo, el rincón donde ocultaba a su amante.
Marta llevaba seis años viviendo allí. Pablo pensaba que Esther no lo sabía.
Pero ella siempre había seguido el consejo de los mayores.
Antes de casarse, mira bien con quién te casas; después, hazte de la vista gorda.
Pensaba que mientras Pablo la tratara bien a ella y a su hija, lo demás no importaba. Las aventuras, los engaños, eran cosas de hombres, o al menos así le decían.
El viejo de la familia también le había advertido: “Es normal que un hombre tenga alguna otra mujer.”
Ella, siempre la señora Córdoba, la única, la insustituible.
Hasta que…
Pablo le dio a su primer amor las pertenencias de la mamá de Esther, compró el cariño de su hija con regalos, y ahora hasta el vestido del aniversario se lo entregó a la otra.
Se puso un abrigo de piel carísimo, y la energía que desprendía era filosa, como una hoja afilada.
Nada que ver con la esposa sumisa que esperaba a Pablo en casa. Era otra mujer.
...
Villa Pinar Dorado estaba lejos del centro de la ciudad.
Lía condujo durante hora y media hasta llegar.
La casa de campo, rodeada de árboles y junto a un lago, era el lugar perfecto para aislarse, lejos del ruido y la gente. Un verdadero refugio.
Cuanto más se acercaban, más familiar le parecía a Esther el entorno.
Dos años antes, había visitado el lugar por casualidad. Le pareció tan bonito que pensó en mudarse allí con su familia.
Pero Pablo se negó, diciendo que quedaba demasiado lejos de su trabajo.
Ahora sabía la verdad: Marta vivía allí y Pablo siempre encontraba la manera de visitarla. Cuando un hombre quiere, el tiempo y la distancia no importan; cuando no, cualquier pretexto es suficiente.
Cuando la imponente casa de tres pisos de estilo clásico apareció ante ellas, Esther pensó que estaba soñando.
No era la única. Lía, que ya había bajado del carro para abrirle la puerta, también se quedó de piedra.

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