Grace
Le pagué al taxista y bajé. Tragué saliva al alzar la mirada hacia la mansión que tenía enfrente.
Era hermosa, con ese lujo capaz de despertar envidia en cualquiera. Los padres de Charles se la habían regalado a los míos como obsequio de compromiso; formaba parte del acuerdo para mi boda con Charles. En ese entonces no me molestaba. Creía que lo nuestro era real, aunque nuestras familias lo trataran como una transacción. Pero, Dios, qué equivocada estaba.
Suspiré y me froté la sien. Me retumbaba la cabeza desde la mañana, seguramente por el estrés y el cansancio.
Sacudí la cabeza y me dirigí a la puerta. Cuando la empujé para abrirla, me quedé paralizada. Mis padres estaban sentados a la mesa del comedor como si fuera un día cualquiera. Mi madre se reía de algo y mi padre sonreía.
En cuanto escucharon la puerta, se voltearon y sus risas se apagaron.
Mi padre me miró con frialdad; me recorrió de arriba a abajo, sin perder un solo detalle. Por instinto, me enderecé. Antes de venir, había intentado verme presentable. Me recogí el cabello en un moño, me lavé la cara, me alisé las arrugas del vestido. Hice todo lo posible. Pero nunca fue fácil engañar a mi padre.
Mi madre, en cambio, sonreía como si nada estuviera mal.
—Grace —me llamó—. Ven aquí.
Dudé. Siempre era así, a veces cálida, a veces fría. A veces una mano en el hombro, a veces un cuchillo por la espalda. Tenía un don para manipular; sabía mezclar crueldad y cariño lo justo para mantenerme leal. Y siempre funcionaba.
—¿Qué haces ahí parada? Te dije que vinieras.
—Sí, madre.
Caminé hacia ellos. Al llegar a la mesa, me senté y entrelacé las manos sobre el regazo para que dejaran de temblar.
Mi madre sonrió y palmeó la mesa con suavidad.
—Mina —llamó, y una sirvienta apareció casi al instante desde el pasillo—. Sírvele a Grace lo que quiera; debe de tener hambre.
—Sí, señora —respondió la sirvienta, y empezó a servirme un poco de cada plato en silencio. La comida olía delicioso, pero yo no tenía apetito.
El corazón me latía cada vez más rápido. Ya sabía hacia dónde iba esta conversación y no quería llegar ahí. Solo quería meterme en la cama, taparme hasta la cabeza y fingir que lo de anoche nunca había pasado.
Mi madre señaló la mesa, sonriente.
—Mira, le dije a Mina que hiciera tu pay de manzana favorito.
La sirvienta volvió y dejó el plato con cuidado frente a mí, pero me lanzó una mirada de todo menos respetuosa.
—Aquí tiene su comida, señorita.
Aparté la vista y me quedé mirando el pay. Mi madre bebió un sorbo de té y volvió a hablar.
—Ayer estaba molesta —dijo con un suspiro—. Puede que haya sido demasiado dura, pero tienes que entender que fue tu culpa, Grace. Rompiste con Charles. ¿Cómo esperabas que reaccionáramos? Pero menos mal que ahora todo está bien. Ya no tengo de qué preocuparme.
—¿Qué?
—¿Cómo que qué? ¿Por qué te sorprendes? ¿No fuiste a rogarle a Charles anoche como te dije?
Se me revolvió el estómago.
—No, no fui.
La sonrisa se le borró. Miró a mi padre, que dejó los cubiertos con calma y me miró fijo.
—Bueno —dijo—, no importa si lo hiciste o no. Charles y su familia decidieron perdonar tu berrinche y seguir con la boda, tal como estaba previsto, en unos días.
—¡No! —grité, más fuerte de lo que quería.
Ni de broma.
Mi madre y mi padre clavaron la mirada en mí, y el pánico se me disparó. Todo en mí me decía que bajara la cabeza y lo aceptara, pero si lo hacía, si me doblegaba ahora, sellaría mi destino.
Caminaría hacia el altar para casarme con un hombre que nunca me amó. No, con un hombre que no podía amarme.
—Hablaba en serio cuando rompí el compromiso —dije—. No me voy a casar con Charles. Nunca me casaré con él. ¿Saben...?
¡Plas!
Me estremecí y contuve un grito cuando algo frío me golpeó la cara, me empapó el vestido y se me escurrió por el cuello. Parpadeé para sacarme el agua de las pestañas y me quedé mirando, atónita.
A mi madre se le torció la cara de furia; seguía con el vaso en la mano, y la falsa amabilidad de hacía apenas unos minutos se había esfumado.
—Ay, carajo —masculló, pasándose una mano por el cabello—. Intenté ser amable contigo, pero me cuesta muchísimo. Repite lo que acabas de decir. ¿Acabas de decir que no te vas a casar con Charles?

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