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Compláceme, Papi romance Capítulo 18

Grace

En cuanto escuché su nombre, casi se me salió el alma del cuerpo.

Todos se abalanzaron hacia adelante, empujándose y apretujándose, de pronto desesperados por impresionar al hombre más temible del edificio. Un segundo antes Apollo estaba a la vista; al siguiente, una marea de nuevos reclutas ansiosos me había tragado mientras se amontonaban por captar su atención.

Gracias al cielo, carajo. No lo pensé; corrí.

Como una ladrona a plena luz del día, empujé la puerta de vidrio más cercana y salí disparada al pasillo. Mis zapatos rechinaron contra el piso al doblar la esquina; tenía el corazón descontrolado y la adrenalina por las nubes.

Me escondí en un rincón, me deslicé hasta el suelo y me abracé las rodillas contra el pecho, jadeando. Eso estuvo demasiado cerca. Respiraba a toda prisa, como si el corazón quisiera salírseme del pecho.

Si me hubiera visto, mi vida se habría acabado. Hundí la cara entre las manos.

—¿Qué demonios hago aquí?

Después de tanta mala suerte, hoy debía ser un buen día. Debía ser mi oportunidad de empezar de cero, entrar a Reed Corporation con la frente en alto, trabajar duro, pasar desapercibida y, sobre todo, no actuar como una criminal escondiéndome de mi aventura de una noche, que además era mi jefe.

Mi aventura de una noche resultó ser el CEO de la empresa en la que había soñado trabajar toda mi vida. Y no cualquier CEO. Apollo Reed, maldita sea. El multimillonario. El empresario capaz de levantar o hundir a cualquiera con su inteligencia y su astucia.

—Dios, ¿qué clase de broma retorcida es esta? —susurré, pasándome las manos por la cara.

Debí haber investigado. Debí haber googleado al CEO de la empresa. Diablos, debí haber evitado venir a trabajar como si nada después de lo que hice. Pero no. En mi infinita sabiduría, dejé que Eleanor me disfrazara esta mañana. Peluca rubia, lentes enormes y suéter holgado. Parecía una bibliotecaria falsa haciendo cosplay de pasante nerviosa. Todo porque pensé que era imposible toparme con el CEO en una empresa tan gigantesca.

Llevaba treinta minutos dentro y ya había tenido una experiencia cercana a la muerte. Solté un quejido y me abracé las rodillas con más fuerza.

—Ni siquiera puedo disculparme ahora. No puedo devolver el dinero. Si descubre que estoy aquí, me despide en el acto o, peor, me demanda por daño moral.

La respiración se me calmó apenas un poco, pero el corazón todavía me martillaba en el pecho.

—Solo quiero desaparecer.

—¿Estás bien? —preguntó una voz grave.

Pegué un grito, me llevé la mano al pecho y levanté la cabeza. Frente a mí había un hombre alto y atractivo. Tenía el cabello oscuro y despeinado, y me miraba con amabilidad. Por un momento, se me trabó el cerebro. Lo reconocí. Había estado parado a unos pasos durante la orientación.

—Yo, eh... sí —dije con un susurro—. Estoy bien. Solo necesitaba tomar aire.

Sonrió.

—Ah, me preocupé. Parecía que huías de algo.

Si tan solo supieras. Negué rápido y forcé una sonrisa.

—Para nada. Yo no huiría de nadie.

No era mentira, exactamente. Más bien negación estratégica. Arqueó una ceja, pero no insistió. En cambio, me ofreció la mano. La miré un momento y luego se la tomé. Me ayudó a levantarme y le dediqué una sonrisa agradecida.

—Gracias...

—River —dijo—. Soy River.

—Grace —respondí.

Asintió.

—Vamos, regresemos. El señor Aiden ya asignó las tareas mientras no estabas. Y como el CEO volvió a su oficina, nos pusieron a todos en parejas. Nos toca trabajar juntos a nosotros dos.

Me enderecé y aplaudí un par de veces.

—¡Vamos entonces! No deberíamos holgazanear el primer día.

Rio y juntos volvimos a cruzar las puertas de vidrio hacia el departamento de relaciones públicas. Apenas entramos, el ruido parecía más fuerte.

—Por Dios, ¡está buenísimo! —chilló una chica cerca de la última fila de escritorios—. No pensé que fuera tan guapo en persona.

—¿Verdad que sí? —añadió otra con un suspiro soñador—. ¿Y tiene cuarenta? O sea, la misma edad que el hermano menor de mi mamá. Mi tío se ve viejísimo y cansado, pero el CEO ni siquiera parece de cuarenta. Parece de unos veintiocho. Señor, ten piedad.

Me mordí la mejilla y caminé un poco más rápido.

—La verdad, es todo un papacito. Ya sabes, de esos que salen en las novelas románticas. Guapo, rico, mayor que tú, seguramente increíble en la cama. Le diría papi si me lo pidiera.

Me detuve. River me miró sorprendido al verme paralizada en medio del pasillo. Las mejillas me ardieron. Sus palabras me resonaban en la cabeza, solo que no venían de ellas. Eran mías.

“¿Quieres que te diga papi?”

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