Apollo
La miré desde arriba, indiferente. Otra pesadilla.
Me conocía lo suficiente para saber lo que venía después. Si no canalizaba el caos que me invadía, terminaría consumiéndome. Y ahora esta mujer... esta mujer extraña y caótica que estaba debajo de mí, sujeta contra mi escritorio, era la distracción perfecta.
Me buscaba la mirada con los ojos muy abiertos, tratando de encontrar algún indicio de que era una broma. Incluso sonrió con torpeza, como si se negara a aceptarlo. Pero cuando se dio cuenta de que no bromeaba, la sonrisa se le borró.
—¿Q-qué? —susurró con voz temblorosa—. Señor Reed, yo...
Me incliné un poco y bajé la voz.
—Te lo hice como si fueras mi última cena.
Ella parpadeó, confundida, y arqueó las cejas hasta que añadí:
—¿Qué más? Ah, mi dedo es más grande que su pitito.
Abrió mucho los ojos al reconocer la frase, y se le escapó un grito. Le estudié la cara con cuidado y luego me eché apenas hacia atrás, lo justo para mirarla de frente.
—Tú lo dijiste. Al final de tu llamadita, creo que tus palabras fueron: “¿quién carajos llama amante a su CEO?”
Palideció.
—Y supongo que ese CEO soy yo, señorita Grace —continué—. Lo gracioso es que, hasta donde recuerdo, nunca hemos compartido un momento íntimo... ¿o sí? —Ladeé la cabeza—. ¿O eres una de las mujeres con las que me acosté y resulta que lo olvidé?
Negó con furia.
—¡Claro que no! Digo, claro que no, señor Reed.
Sonreí, divertido.
—¿Entonces por qué lo dijiste como si sí hubiera pasado?
Abrió la boca, volvió a cerrarla y miró a todas partes menos a mí. Respiraba de forma entrecortada, en pánico. Le temblaban los labios mientras intentaba formar palabras. La observé, curioso por escuchar qué decía. Desde que la conocía, había hecho cosas que jamás habría esperado; siempre me salía con algo impredecible. Era la primera persona a la que no lograba descifrar del todo.
¿Diría la verdad, o inventaría una excusa? ¿Y qué clase de excusa sería? Cerró los ojos y lo dijo de una vez.
—¡Yo... yo tengo fantasías sexuales con usted, señor!
Me detuve. Vaya. Eso no me lo esperaba.
—¿Qué? —dije, y parpadeé una vez.
Ella me miró, con la cara encendida, desesperada.
—¡Siempre he fantaseado con usted! Igual que las otras chicas de la oficina. Es tan guapo y tan intimidante que yo solo... —Tragó saliva—. Quería saber cómo sería acostarme con usted. Así que cuando mi ex me llamó y empezó a decir cosas horribles, entré en pánico y mentí para callarlo. Dije que me había acostado con alguien y usted fue la primera persona que se me vino a la cabeza. Eso es todo. Nunca hemos hecho nada, ¡ni siquiera lo he visto desnudo!
Lo dijo todo de corrido, con las manos temblando bajo las mías, como si quisiera que la tierra se abriera y se la tragara entera.
La miré fijamente y, para mi propia sorpresa, se me escapó una risa grave. Ella parpadeó, sobresaltada.
Seguro la sorprendió; dudo que esperara de mí algo más que apatía, furia y un desprecio casi divino. Pero esto resultaba peligrosamente divertido. No pude evitar reírme.
Me incliné de nuevo, esta vez más despacio. Le apreté las muñecas mientras acercaba mi cuerpo. Ella jadeó al sentir mi erección dura entre sus muslos. Mi otra mano, la que tenía en su cintura, se deslizó bajo su vestido; su piel estaba tibia bajo mis dedos.

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