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Compláceme, Papi romance Capítulo 33

Apollo

—¡Te gusta! —Genesis gritó tan fuerte en mi oficina que los ventanales temblaron.

Me apreté las sienes con los dedos y me incliné hacia delante en la silla, ya arrepentido de no haberla echado en cuanto Grace salió.

—Hablas demasiado fuerte —murmuré, mientras me frotaba la cabeza.

—Esa chica sí que te gusta —repitió, más despacio esta vez, como si todavía no pudiera asimilarlo—. Tú, el hombre que actúa como si fuera alérgico a las mujeres.

Se dejó caer en el asiento frente a mí, con los ojos todavía muy abiertos.

—La última vez que supe que estabas con una mujer me enteré por ella misma. ¿La recuerdas? Esa rubia que les lloraba a sus amigas de la alta sociedad y presumía de la suerte que tenía de compartir tu cama, hasta que te largaste sin decir una palabra. Una jugada de auténtico canalla.

Levanté la cabeza despacio y la ladeé, pensativo. Esa historia me sonaba de algo. Ah. Cierto.

—La pegajosa —dije sin cambiar el tono—. Le expliqué mis reglas antes de empezar. Las ignoró después de acostarnos, intentó despertarme con panqueques y me decía “mi vida”. Fue repugnante.

Genesis suspiró con sequedad y negó con la cabeza.

—Eso hacen las mujeres cuando les interesas, Apollo. Eso no es repugnante, es un mínimo de apego humano.

Me eché hacia atrás, miré hacia la puerta y pensé en Grace.

La recordé esa mañana, cuando despertó convencida de que me había aprovechado de ella, me fulminó con la mirada, gritó y hasta tuvo el descaro de lanzarme algo. Fue la primera vez que una mujer no lloró, no se aferró a mí ni suplicó. Me insultó y hasta me puso apodos.

Qué fascinante. Logró sacarme de quicio y divertirme al mismo tiempo. Genesis siguió mi mirada y arqueó las cejas al ver que yo seguía pendiente de la puerta por la que Grace acababa de salir.

—Vaya, sí que te atrae. Es la primera vez que te veo así de concentrado en una mujer desde tu esp... —Se detuvo antes de terminar la frase.

La miré. Ella bajó la mirada.

—Nada. Déjalo.

Buena decisión.

Genesis era la vicepresidenta y mi mejor amiga. Nos conocimos de niños. Una vez, nuestros padres intentaron concertar un matrimonio entre nosotros, pero a mí nunca me interesó. La verdad, en esa época ella me daba miedo. Y, bueno, Genesis era lesbiana. Le gustaban las mujeres desde que tengo memoria.

Como amigos sí encajamos, y desde entonces somos cercanos. En vez de hacerse cargo de la empresa de su padre, eligió trabajar en la mía, sobre todo después de que mi esposa murió. Dijo que alguien tenía que vigilarme. Es uno de los pocos seres humanos que tolero, aunque sea todo lo contrario a mí.

El silencio se alargó entre nosotros. Entonces, como si quisiera quitarle peso al momento, se puso de pie de un salto y se estiró con teatralidad.

—En fin. Ya volví. Después de un vuelo de doce horas con tres bebés llorando detrás de mí. Estoy tan cansada que podría desmayarme aquí mismo sobre esa alfombra carísima y rara tuya.

—Puedes desmayarte después de darme tu informe —dije.

Genesis gruñó.

—Eres un demonio, de verdad. Me mandas al otro lado del mundo por negocios, me bajo del avión, entro directo a tu oficina, ¿y ya me pones a trabajar?

Se dejó caer de nuevo, refunfuñando entre dientes.

—No todos somos como tú, ¿sabes? Algunos necesitamos dormir, café y contacto humano —dijo Genesis, pasándose una mano por el cabello rojo y corto.

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