Apollo
—Lámelo.
Las palabras resonaron por todo el salón. Todos quedaron inmóviles. Nadie se atrevió a hablar ni a moverse por miedo a que decidiera ocuparme de ellos.
El muchacho arrodillado me miró, atónito. Le temblaban los labios y tenía los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que acababa de oírme decir.
—¿Q-qué...?
—No tartamudeé, ¿o sí? —Lo miré con dureza—. Creo que sabes hablar español. ¿O te cuesta entender una sola palabra?
Me miró, luego bajó la mirada al piso y negó despacio, todavía aferrado a la idea de que no tenía por qué rebajarse a algo tan humillante.
—Yo... —empezó a decir—. Señor Reed... Yo...
—No pienso repetirlo —lo interrumpí tajante.
Tragó saliva. Parecía rogar que ocurriera un milagro y la tierra se abriera para salvarlo de mí. A mis espaldas, Austin por fin habló.
—Señor Reed...
No lo miré. Ladeé la cabeza y pregunté:
—¿Te parece cruel?
Austin no respondió. Su silencio bastó.
—Muy bien —dije mientras cambiaba de postura—. Démosle una oportunidad, ya que al parecer esta noche a todos les preocupa tanto la “justicia”.
El muchacho pareció aliviado. Levanté la muñeca, miré la hora y toqué la carátula del reloj.
—Tienes un minuto. Si una sola persona da un paso al frente y ruega por ti, dejaré pasar esto.
Se me quedó mirando un segundo entero antes de ponerse de pie a trompicones y girar hacia la multitud.
—¡Por favor! —gritó con la voz quebrada.
—¡Que alguien me ayude! ¡Quien sea! ¡Dijo que me dejaría ir si alguien decía algo!
Recorrió la multitud con la mirada, pero nadie respondió. Quienes se reían con él hacía unos minutos ahora evitaban mirarlo.
—¿Qué les pasa? —gritó—. ¡Dijo que basta una sola persona! ¡Se los suplico!
Señaló a un hombre que estaba cerca del bar.
—¡Tú! ¡Fuimos juntos a la universidad! ¡Me conoces! ¡Solo di algo!
El hombre titubeó, incómodo, y murmuró:
—No me metas en esto. No pienso meterme... con él.
El muchacho se volvió hacia otra persona.
—¡Jade! Estuviste en mi fiesta el mes pasado. Bebiste mi licor. ¡Dijiste que éramos amigos!
Jade cruzó los brazos con fuerza y apartó la mirada. El muchacho entró en pánico. La voz se le volvió ronca.
—¡Te devolveré el favor! ¡Lo juro! Por favor, da un paso al frente. ¡Que alguien diga algo! ¡Me está dando una oportunidad!
Nadie dijo nada. Se volvió hacia el hombre que estaba a su lado.
—Tommy... vamos, amigo. Por favor. Tienes que ayudarme.
Tommy se encogió de hombros.
—No me metas en este lío —dijo deprisa mientras retrocedía un paso—. Tú te lo buscaste.
El muchacho se quedó paralizado, como si lo hubieran abofeteado. Cayó de rodillas, incrédulo. A su alrededor, todos apartaron la mirada y fingieron que no existía.
Desde el fondo, alguien preguntó con desprecio:
—¿Por qué iba alguien a arriesgarse por alguien que humilla a las mujeres por diversión?
—Es una bomba de tiempo —murmuró otra voz—. Se lo hace a los demás, pero llora en cuanto le toca a él.
—Nadie te pidió que hicieras tropezar a aquella mesera la última vez, ¿recuerdas?
—Siempre hace estas mierdas y cree que el dinero lo arregla todo. Da gusto ver que alguien con poder de verdad lo ponga en su lugar.
—Que lo lama. Tal vez así aprenda un poco de humildad.
Austin suspiró.
—¿A esto le llama una oportunidad, señor? —murmuró apenas lo bastante alto para que lo oyera—. Sabía que esto iba a pasar, ¿no?
No aparté la mirada del muchacho que temblaba frente a mí.
—Es fácil descifrar a la gente, sobre todo a quienes creen tener poder. Siempre se consideran intocables y creen que jamás tendrán que enfrentar las consecuencias. Pero en cuanto los pones en su lugar y les recuerdas que siempre habrá alguien más poderoso que ellos, aprenden rápido.

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