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Compláceme, Papi romance Capítulo 8

Grace

La luz molesta del sol se me coló entre las pestañas. Gruñí con fastidio, me di la vuelta y tiré del borde de la manta para cubrirme la cara.

—Charles —murmuré, con la voz ronca de sueño—. Cierra la cortina, cariño...

No hubo respuesta. Suspiré contra la almohada.

—Charles, mi amor. Por favor.

Todavía nada. Fruncí el ceño.

—¿Charles?

—Charles...

—Charles...

Una voz grave cortó el silencio.

—¿Estás teniendo otro sueño húmedo o hablas sola? ¿Cuál de las dos cosas?

Abrí los ojos de golpe. Esa voz no era la de Charles.

El corazón se me detuvo. Todavía en el sueño, intenté procesar lo que veía. Un hombre alto estaba junto a la ventana, ajustándose el puño de su camisa blanca como recién salido de un anuncio de una marca de lujo. Tenía la cabeza un poco ladeada, pero clavó en mí esos ojos color avellana, afilados.

Arqueó una ceja y sentí que me examinaba. Como si con una sola mirada pudiera verme entera, desordenada, dispersa y rota.

Dios... Era hermoso.

Era como si el universo hubiera fabricado a mano a un hombre tan perfecto que todos los demás quedaban cortos. Cabello oscuro, una mandíbula esculpida y un cuerpo capaz de doblarle las rodillas a cualquiera con solo verlo. Los primeros botones de su camisa estaban desabrochados y dejaban ver las líneas marcadas de su pecho; juro que, si un sacerdote me dijera que Dios hizo a todos los hombres iguales, le daría un golpe con la Biblia y le diría que viera bien a este hombre. Hasta la luz del sol parecía encaprichada y lo bañaba en un resplandor dorado como si no pudiera resistirse a tocarlo.

Volvió a concentrarse en el puño de la camisa y lo ajustó con indiferencia.

—¿Vas a quedarte mirándome?

—¿Eh? Digo... no... —tartamudeé, parpadeando como una tonta.

Entonces caí en la cuenta. Un momento... ¿quién carajos es este? ¿Por qué hay un desconocido buenísimo en mi cuarto? ¿Y dónde está Charles?

¿Era un secuestrador? ¿Habría secuestrado a Charles? No... era demasiado atractivo para ser un secuestrador. Entonces, ¿por qué...?

Todo encajó en un segundo espantoso. Este no era mi cuarto. Y Charles... no estaba ahí. Anoche me había engañado con un hombre.

El dolor me retorció el pecho, pero no había tiempo para detenerme en eso. Bajé la mirada y sentí que toda la sangre se me subía a la cara.

¡Mis bubis!

Bajé la mirada y me di cuenta de que la cobija de seda se había deslizado lo bastante como para dejar al descubierto mucha más piel de la que quería mostrar. Tenía las bubis al aire, sin más, como si ya no me quedara ni un poco de dignidad.

Grité y me subí la manta hasta el mentón mientras retrocedía a gatas.

—¿Quién carajos eres y qué hago en tu cuarto?

El hombre por fin me miró directamente y, por un segundo, pareció que le hablara en otro idioma. No respondió. En vez de eso, tomó un reloj elegante que estaba en la mesita de noche y se lo puso en la muñeca.

La cara me ardía. Estaba enojada, confundida y avergonzada. El hombre no me hacía caso. ¿Estaría loco? Lo miré fijamente mientras él actuaba como si yo ni siquiera estuviera en el cuarto. Como si estuviera haciendo un berrinche y él no tuviera por qué perder el tiempo conmigo.

Apreté los puños junto al cuerpo. ¿Cómo se atrevía? Me devané los sesos buscando respuestas, pero todo estaba borroso. ¿Qué carajos había pasado?

Recordaba la noche anterior con toda claridad. Entré a mi casa y encontré a mi prometido en la cama con otro hombre. La imagen se me había grabado en la mente.

Me fui al bar, intenté ahogar la tristeza en demasiadas copas, le descargué mi vida patética a un cantinero, recibí una llamada de mi madre que me dejó hecha pedazos y después... nada.

No recordaba haber subido a este cuarto ni haber conocido a este hombre. Volví a mirarlo. El corazón me latía demasiado rápido y el estómago se me cerró.

—¿Por qué no dices nada? —pregunté—. ¿Por qué estoy aquí? No me digas que me trajiste aquí contra mi voluntad. ¿No te da vergüenza?

Seguía sin mirarme. Quería lanzarle algo. La cara volvió a arderme, ahora de furia. Por más atractivo que fuera, nada de esto era aceptable. Yo me conocía. Jamás me le echaría encima a un desconocido.

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