CASSANDRA
—Amo… más rápido… más duro, por favor… ¡lléneme con su polla!
—Dime qué tanto lo necesitas.
—Desesperadamente, señor.
—Doblate más, ábrete más —gruñó él—. Dilo… ¿quién es tu dueño?
—Usted… le pertenezco a mi amo… ¡solo a usted! —la mujer gritó, y yo deseé con todas mis fuerzas gritarle que cerrara la boca.
El aire estaba cargado con ese olor a sexo y sudor que me revolvía el estómago. El sonido de la piel chocando retumbaba en la habitación; gemidos, gruñidos y palabras sucias… yo me quedé congelada, sin atreverme a mirarlos.
Quería salir, quería maldecirlo… pero no podía. No cuando temía de lo que él era capaz de hacerme.
Los sonidos aumentaron de nuevo, el escritorio crujía, la mujer lanzó un grito agudo y, por curiosidad, giré la cabeza para espiar.
Se me cortó la respiración ante lo que vi: la mujer estaba ahora tumbada sobre la mesa, con las piernas abiertas de par en par y las manos esposadas, con los pechos rebotando ante cada embestida brutal.
¿Y él?
Marco la penetraba como una bestia. Su polla estaba enterrada profundamente en ella mientras ella sollozaba y gemía pidiendo más.
¿Tan bueno era? Sus jugos bajaban por su pierna y tragué saliva con dificultad, sintiendo cómo el calor se acumulaba entre mis muslos.
Entonces su mirada cambió… ¡hacia mí!
Nuestros ojos se encontraron y volví a girar la cabeza de inmediato.
¡Mierda! Me vio… mirando.
Respiré profundamente, tratando de calmar los latidos de mi pecho. Aún sentía sus ojos clavados en mi espalda, pero no me atreví a girarme. Entonces lo escuché: su gemido, bajo y atronador.
Seguí sin moverme ni girarme.
—¡Limpia tu desastre y lárgate! —oí decir a Marco y, después de un momento, la mujer salió corriendo… desnuda, cargando unas toallas y su ropa.
No me moví hasta que escuché el sonido de su cremallera… me giré y… —¡Santa m****a! —maldije.
Mi espalda chocó bruscamente contra la pared y solté un quejido cuando el dolor se extendió por todo mi cuerpo. Sus manos se envolvieron alrededor de mi cuello; no me estrangulaba, pero era lo suficiente para incomodarme.
—¿Qué carajos te pasa? —grité.
—Te dije que te sentaras, ¿no?
—Tienes que estar enfermo para esperar que me siente a verte follar a otra mujer como una bestia.
—¡Lenguaje! ¡No uses la palabra "follar" cuando hables conmigo!
—¡Me gustaría ver cómo piensas evitar que use esa palabra! —las palabras salieron de mis labios antes de que pudiera frenarlas.
Esperaba que hiciera algo. Tal vez que me golpeara o cualquier cosa. Pero no lo hizo.
Seguía con las manos en mi cuello mientras me miraba con una intensidad que haría que cualquiera se meara en los pantalones, pero no me moví. Me aseguré de clavar mis ojos en él también. Si pensaba que podía intimidarme con su mirada, estaba muy equivocado.
Su mirada bajó a mis labios y fue entonces cuando me di cuenta de lo cerca que estábamos. Nuestros labios estaban a centímetros y apenas podía respirar bien.
—¿Así que sí miraste? —su voz ahora era baja y ronca—. Miraste cómo deslizaba mi polla en su coño mojado. Miraste cómo me la follaba hasta que suplicó piedad, qué hipócrita.
—Quita tus sucias manos de encima, apestas a sexo —repliqué, tratando de ocultar mi vergüenza.
Él soltó una risita. —¿Tanto disfrutaste el espectáculo?
—Eres asqueroso.
—Y aun así, estás excitada.
Eso fue suficiente para mí. Lo empujé con todas mis fuerzas, con el pecho subiendo y bajando. —Supongo que esa no es la forma apropiada de hablarle a tu futura nuera.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: COMPRADA PARA EL HIJO; DISFRUTADA POR EL DON