El vídeo se reprodujo.
En la pantalla, Sharon, vestida con un traje rojo de montar a caballo, tiró del pelo de Natalie y le golpeó la cabeza contra una tubería oxidada. La sangre brotaba de las pestañas de Natalie como una cortina carmesí.
—¡Z*rra asquerosa! ¡Me has robado dieciocho años de mi vida de lujo! ¡Deberías haber muerto, Natalie!
Sharon continuó golpeando la cabeza de Natalie sin piedad. La chica se desplomó, inerte como una muñeca de trapo. Su espalda de dieciocho años ya estaba desgarrada, en carne viva y ensangrentada, apenas conservaba apariencia humana. No obstante, Sharon alzó de nuevo su látigo de piel de cocodrilo y lo hizo restallar en el aire.
—¡Vete al infierno!
—¡Ah!
El dolor desgarró a Natalie. Acurrucada sobre sí misma, temblaba violentamente mientras gritaba.
Se arrastró hacia adelante, arrastrándose hacia el dobladillo bordado de Quincy.
—Mamá, por favor… por favor, sálvame. Me criaste durante dieciocho años. Fuimos madre e hija durante dieciocho años. Eso tiene que contar para algo. Te juro que seré buena contigo. Seré la mejor hija del mundo, lo prometo.
La sangre y las lágrimas le nublaban la vista, pero Quincy ni siquiera se inmutó.
Arrugó la nariz y dio un paso atrás, dejando que la seda se deslizara de las manos de Natalie.
Jugueteando con su pulsera, como si el olor de la sangre le repugnara, Quincy dijo con calma:
—Natalie, si no fuera por ti, nuestra hija de verdad no habría sufrido dieciocho años en la calle. Si de veras te importamos, deja que Sharon se desquite.
—¡Pero voy a morir! ¡Mamá, me va a matar!
La voz de Natalie, temblando de miedo, era un grito desesperado.
—Pues muérete. Es lo que te toca —contestó Quincy con frialdad—. Mientras mi hija esté contenta, no me importa lo que te pase.
Se volvió hacia Sharon con una sonrisa dulce.
—Sharon, tenemos mucho tiempo. Puedes pegarle más tarde. No te canses antes de la sesión de fotos familiar.
Sharon bufó y tiró el látigo.
—Está bien. Terminaré con ella después de las fotos.
Dio dos pasos, se detuvo y se giró.
—Oye. He oído que el agua salada desinfecta las heridas. Trae un balde lleno de sal marina y échalo encima. No se morirá, y así la tendré cerca por más tiempo. Además, le dejará cicatrices. Quiero que esta z*rra recuerde toda su vida que nació solo para ser mi saco de boxeo.
—¡No! ¡Por favor, no! ¡Mamá, no dejes que me haga esto!
Natalie intentó arrastrarse para escapar, pero la falta de fuerzas se lo impidió. El mayordomo la inmovilizó sin dificultad.
El contacto del agua salada con su piel lacerada provocó un grito que se sintió como un corte a través de la pantalla.
En la habitación, todos retrocedieron, visiblemente afectados.
Jensen apretó los puños, con los ojos encendidos por la conmoción y la culpa.
La imagen de ella, medio muerta y cubierta de heridas, al momento de encontrarla, regresó a su mente. ¿Pero había sido Sharon quien estuvo allí todo el tiempo?
«¿Cómo pudo hacerlo?».
Arrancó su brazo del agarre de Sharon, con los ojos tan fríos como el acero.
—¿Fuiste tú?
—¡No! ¡No fui yo! ¡Ese vídeo es falso!
—Mamá, está mintiendo, ¿verdad? Tú eres la señora de la casa. Es imposible que bajaras sola al sótano. Se lo está inventando, ¿verdad?
Quincy miró a los ojos aterrados de Sharon y cedió.
—Sí. Natalie está mintiendo. Nunca he estado en ese sótano. Un lugar así no es donde alguien como yo iría jamás.
Los dedos de Natalie se clavaron en sus palmas. Sus uñas perforaron la piel, anclándola en el dolor.
«¿Y ahora qué?».
Esta madre y esta hija eran tan desvergonzadas. Si se negaban a admitir la verdad de la grabación, ¿cómo podría demostrar que todo lo que había soportado era real?
Entonces se oyó una profunda voz masculina.
—Ah, ¿sí? En ese caso, ¿por qué no le pedimos a tu mayordomo que confirme la verdad de lo que pasó?
La luz de la lámpara de araña pareció inmovilizarse y la gente se abrió a su paso.
Él se alzaba imponente, con su 1.82 m de estatura. Su presencia era como una espada desenvainada. La sombra de su frente cubría unos ojos tan oscuros como pozos profundos, pero un solitario lunar cerca de uno de ellos rompía esa frialdad, semejante a una cicatriz.
Cuando su mirada se posó en los hombros magullados de Natalie, su garganta se movió con un gesto tan brusco que le oprimió el pecho.
El poder emanaba de él como humo. Sin embargo, un tatuaje descolorido se curvaba bajo el puño de su manga.
Al notar un hilo suelto rozando su solapa, lo retiró con total calma.
Este gesto, tan natural y desdeñoso, bastó para que los flashes de todas las cámaras de la sala parpadearan y perdieran el enfoque.
Era el tipo de hombre cuyo desagrado resultaba más impactante que el amor de la mayoría.

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