Florencia contempló la escena con el corazón completamente helado.
Esa tal Celeste tenía un color rosado en las mejillas y rebosaba de vitalidad. Cualquier persona con un mínimo de sentido común notaría que estaba fingiendo estar enferma.-
En cambio, ella, Florencia, estaba pálida y todavía llevaba un vendaje en la mano. Hasta la empleada notó a simple vista que no se encontraba bien, pero a ese par de padre e hija parecía no importarles en absoluto.
Miranda empezó a patalear de nuevo, gritando con lágrimas en los ojos:
—¡Mamá es mala, es una egoísta! Ya no quiero a mi mamá.
Luego se aferró a Celeste y le habló con su dulce y tierna vocecita:
—Tía Celeste, yo te llevo arriba, no le hagas caso a mamá.
El corazón de Florencia se congeló por completo.
Esa era la hija que había criado con todo su amor.
A su lado, Víctor pasó de largo sin inmutarse, caminando con paso firme y despreocupado hasta sentarse en el sofá, irradiando una total indiferencia.
Florencia observó su espalda fría y distante, y de pronto soltó una carcajada amarga.
—De acuerdo, si así lo quieren, les daré el gusto.
Víctor ni siquiera levantó la mirada. Frunció un poco el ceño y preguntó con sequedad:
—¿Qué intentas hacer ahora?
A Florencia ya ni siquiera le importaba explicarse.
Durante todos esos años lo había intentado innumerables veces, y él jamás le había creído.
Sacó un sobre de su bolso que contenía el acuerdo de divorcio y se lo tendió a Víctor.
—Firma esto, por favor.
Víctor bajó la mirada hacia el sobre, pero antes de que pudiera mover un dedo, se escuchó el grito de Miranda desde el piso de arriba.
—¡Papá! ¡Papá, ven rápido, la Tía Celeste se puso mal!
Víctor se levantó de inmediato y corrió escaleras arriba, sin volver a mirar el documento.
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